::157:: HISTORIAS CAMPESINAS José se sentía orgulloso de sus manos callosas y agrietadas, sustento de su hogar desde siempre. Amaba el olor de la tierra húmeda después del arado, el despertar de los brotes de los tubérculos y hortalizas fuertes gracias a las aguas cristalinas que, no sabía cómo, llegaban directo al fundo aun cuando el río que cruzaba la ciudad no tenía caudal. Vinieron días de pérdida en el fundo y José y Teresa quedaron sin trabajo, además de que ya “estaban viejos”, como dijera el capataz. José invirtió el escuálido dinero que les dieron a modo de indemnización, más los pocos ahorros que aún quedaban, y juntos decidieron no atar sus manos reinventando sus vidas. Teresa tenía muchas dotes para la pastelería y puso en práctica todo lo que su abuela y su bisabuela le habían enseñado en su infancia en Valle Hermoso. José tenía muy claro que la vida debía seguir. Tenían la responsabilidad de criar y cuidar a su nieto. En algún lugar había leído que los dulces artesanales de La Ligua eran de origen español, y que desde el siglo XIX se comercializaban en las estaciones de trenes y posteriormente, aparte de venderse en las fábricas, eran populares en los terminales de buses y carreteras. Ésa sería su salvación. Las manos rugosas y frágiles de Teresa comenzaron a transformarse con una fuerza inexplicable. Formaba una masa con la harina, las yemas y el agua, la llevaba al mesón y amasaba aproximadamente por diez minutos hasta que estuviera suave. Estiraba, hacía agujeros con un tenedor, cortaba con molde, horneaba, rellenaba con su manjar casero y repetía ese ritual tantas veces como fuera necesario. No obstante, lo que ella más amaba era batir las claras, como una danza de cisnes blancos en tiempo de cortejo, hasta convertirlas en un merengue dulce, suave, esponjoso o crujiente según lo necesitara, pero siempre delicioso. Teresa estaba dichosa de haber rescatado desde el cuaderno amarillento las exquisitas recetas que la conectaban con sus ancestros y con la tierra. José recogía los huevos de sus gallinas y preparaba el horno para que todo estuviera a punto cuando su vieja llevara las latas con los dulces para el horneado. Todo era pulcritud y esfuerzo en la casa de los Morales, una fiesta. Juan Pablo creció entre recoger huevos con su abuelo, acarrear baldes de leche y cortar alcayotas. Una niñez feliz entre los manteles blancos de la cocina, aunque lo más inolvidable eran los lengüetazos a las espátulas con resto de merengue antes de que su abuela las lavara. Hasta que llegó el día en que él partió a la capital a la escuela de medicina y, aunque al principio viajaba al pueblo con frecuencia, cada vez regresó menos a la sencilla casa de sus abuelos. —¿Le pasa algo, joven? ¡Se ve muy pálido! La voz rasposa del anciano lo trajo de vuelta de sus recuerdos y en lugar de seguir avergonzado por el humilde oficio de sus abuelos, sintió vergüenza de sí mismo por no reconocer todo el esfuerzo que ellos desplegaron para que en esos años terribles, él, Juan Pablito, dejara de esperar detrás de la puerta a que su “mamiluz”, como él le decía, regresara del hospital. Año tras año se fue transformando en un muchacho exitoso, en un hombre de bien, un profesional, un médico, como siempre soñó. Recordó a su abuelo, canturreando junto a la abuela mientras preparaban los afamados dulces; a veces ponían unas rancheras en la radio a pilas y aunque Juan Pablo las detestaba, veía cómo la mesa engalanada de blanco se iba llenando de chilenitos, empolvados, pajaritos dulces, REGIÓN DE VALPARAÍSO
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy