::145:: HISTORIAS CAMPESINAS EL SILENCIO DE LOS CERROS Florencia Cuadra Peña Tercer lugar regional Copiapó 15 años El sol ya se había escondido detrás del cerro Toco, dejando una estela rosada en el cielo del altiplano. Justo cuando el frío comenzaba a caer como un manto sobre el desierto, don Seferino recogía sus últimas herramientas del cultivo de quínoa. Tenía setenta y tres años, la piel endurecida por la vida entre los vientos del salar y una memoria repleta de historias que nadie más recordaba. Vivía solo en su casa de adobe, en las afueras de Socaire, acompañado por un burro viejo llamado Rayo y una docena de gallinas que no ponían huevos desde antes de la pandemia. Pero Seferino no se quejaba: “El desierto me habla cuando todos callan”, decía. Esa tarde, mientras caminaba de regreso a su rancho, notó algo inusual. Una nube de polvo se levantaba hacia el norte, por la quebrada que da al río. Se detuvo. No era viento. Era alguien que venía, y en esos parajes, las visitas no llegaban por casualidad. Cuando el jinete se acercó, Seferino entrecerró los ojos. Era una muchacha joven, de unos veinte años, con una manta colorida sobre los hombros y una mirada decidida. Se presentó como Amaru y dijo que buscaba el cerro donde su abuela le contaba que “duermen los espíritus de los abuelos”. —¿Y por qué vienes sola? —preguntó Seferino, sorprendido. —Mi abuela murió hace una semana. Me dejó una pequeña urna y me dijo que aquí, en este valle, encontraría el lugar exacto para dejarla. Seferino no dijo nada. Solo miró el horizonte, hacia donde los cerros parecían dormidos, bajo la luz morada del crepúsculo. Esa noche compartieron sopa de mote, al lado del fogón. Amaru le contó de su vida en Calama, de las luces, el ruido y el tiempo que allá nunca alcanza. Seferino, en cambio, le habló del viento que silba como los antiguos, de los zorros que bajan a beber cuando nadie los ve y de una cueva sagrada en el cerro Timbre. —Ahí duermen los que se fueron —dijo—. Pero no cualquiera puede llegar. Hay que ir con respeto. Y en silencio. Al amanecer, partieron. Caminaron durante horas por senderos que sólo Seferino conocía. Al llegar, Amaru sacó la pequeña urna de su manta y la sostuvo entre las manos como si pesara el doble. Se arrodilló y la enterró junto a unas piedras marcadas con símbolos antiguos. REGIÓN DE ATACAMA
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