ANTOLOGIA 2025

::142:: ANTOLOGÍA 2025 EL PAÑUELO DE SEDA Ximena Bazaes Palleres Primer lugar regional Vallenar 62 años Mi abuela Coya, que hace muchos años partió a mejor vida, me contó que cuando ella era pequeña vivía con sus padres como inquilinos en una hacienda cercana a Vallenar. Allí la gente trabajaba plantando y cosechando alfalfa, trigo, papas y verduras, dependiendo de la estación del año. Vivían en una casita de adobe espaciosa que tenía una galería llena de maceteros y tarros con plantas, donde se sentaban después de un arduo día de trabajo a mirar el campo. Un parrón y un olivo les daban sombra. Era una vida apacible, no exenta de sacrificios. Sin embargo, un día vino la sequía, se quedó por mucho tiempo en el valle y comenzó la hambruna. Se secaron las plantaciones y se enemistaron los lugareños porque se disputaban el agua que cada vez era más escasa. La gente comenzó a irse de la hacienda, sobre todo los hombres que buscaron trabajo como pirquineros en minas cercanas. Otros tomaron rumbo más al norte, a las salitreras, porque se decía que allí pagaban bien y se podía juntar dinero y mandarle a la familia. Fue un jueves que el bisabuelo, que se llamaba Pascual, compró pasaje en el Longino y se acomodó en su asiento de madera para viajar dos días y algo más, adentrándose en el desierto de Atacama. Sentía mucha angustia de tener que dejar el verdor de su Norte Chico y a su joven esposa y a sus hijitos, y prometió que una vez que tuviera trabajo los mandaría a buscar. La primera carta que mandó comunicaba que estaba trabajando de barretero, que tenía que sacar el caliche en pleno desierto con el sol implacable sobre su cabeza y el calor sofocándolo a más no poder y que por las noches el frío era insoportable. Le contó que vivía en una galería de piezas armadas con madera y calaminas, donde ubicaban a los trabajadores que andaban sin familia laborando en la salitrera. Esperaba juntar dinero, que la administración le pasara una casita y que apenas sucediera los mandaría a buscar para que todos estuvieran juntos. Fue así como pasó un año de correspondencia entre su madre Mercedes y su padre. Cartas iban desde Vallenar a la oficina Santa Laura y viceversa. Hasta que un día no hubo más carta del bisabuelo. Silencio total. Mi abuela decía que se acordaba de haber visto a su mamá llorando de día y de noche por no saber nada de su marido ni por tener dinero suficiente para subsistir. Presentía que algo le había pasado. Sufría día a día por la incertidumbre. REGIÓN DE ATACAMA

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