::140:: ANTOLOGÍA 2025 se le decaían sus ramas y su coloración entristecía, pero cuando llegaban maravillosamente resucitaba. Aprendí entonces a conversarle, a cantarle y a contarle lo que hacían sus papitos en Temuco. Con los años su tronco envejeció, se engrosó y se puso tosco, pero de sus ramitas seguían brotando flores azules y medio violetas, y con el viento que salía en las tardes perfumaba toda la cuadra. El tiempo implacablemente pasa la cuenta y el primero en partir fue nuestro vecino Horacio, dejando muy triste a Gladys. Las hijas ya grandes y profesionales se la llevaron un tiempo a Temuco, pero ella volvió, extrañaba su casa y al romero que con tanto amor había plantado Horacio. Para que no decayera solíamos salir a la feria juntas, nos íbamos a Yalquincha a bañar al río Loa, compartíamos tecitos con otras vecinas. Pero un mal día no contestó mi llamada telefónica, así que fui a abrir su casa y la encontré muy mal, llamé la ambulancia, a sus hijas a Temuco, pero las noticias no fueron muy alentadoras, le había dado un accidente cerebro vascular. Las hijas decidieron llevársela a Temuco y vender la casa. Al poco tiempo llegaron los nuevos vecinos, a los cuales recibimos con un queque de zanahoria. Era una pareja joven que transformaría sin piedad el hogar de Gladys en un gimnasio, pero sin jardín. Cuando llegaron los maestros conversé con el jefe de ellos y le pedí por favor que cuando sacaran el romero me lo entregaran, ya que era lo único vivo que me quedaría de Gladys. El hombre muy amable me dijo que si, empezaron la demolición y nosotros siempre quedamos atentos por si nos llamaban para entregarnos el romero, pero eso no ocurrió, ya que mi esposo un día en la tarde llegó a casa y vio al romero entre los escombros. Entró rápidamente y lo rescatamos, lo pusimos en un balde con agua y azúcar dentro de nuestra casa a buen resguardo del frío invierno. Se veía muy triste y alicaído, nos daba mucha pena verlo así, hasta que de a poco, a punta de cuidados y mucho amor, empezó a repuntar. Entrada la primavera de 2017, en una noche de luna creciente y cuando la lunita miraba el interior del tremendo macetero donde mi esposo lo iba a plantar, pusimos tierra de hoja con arena de Chiu Chiu y procedimos a ponerlo en su nuevo hogar. Hicimos un brindis con vino tinto y le convidamos, luego le dejamos caer hojas de coca para la abundancia. Al otro día lo sacamos a nuestro jardín y ahí se quedó, contento junto a su nueva familia compuesta por rudas, paicos, menta, coca, un retamo y varios cardenales. No lo quisimos plantar en la tierra, porque siempre nuestro sueño de jubilación fue venir a vivir a Mejillones, y sentíamos que nuestro viejo amigo romero ya tenía muchas travesías en su añoso cuerpo, por eso determinamos que lo mejor sería llevárselo en un gran macetero. Llegó el tiempo del jubileo y el año 2019 nos vinimos a vivir a Mejillones, junto al romero y su familia. Él viajó por sus años en nuestro auto, y en el camino le contaba dónde iríamos a vivir. Se afiató muy bien al clima, incluso por teléfono llamo frecuentemente a mi veci Gladys y ella le conversa, y es bien sorprendente, porque cada vez que él la escucha al otro día amanece bien floreado. Es increíble como esta linda amistad floreció a través de un romero, y como él nos ha ido enseñando a reinventarnos, rehacernos, esforzarnos por salir adelante. Aprendamos de una vez que la naturaleza tiene mucho que enseñarnos, solo debemos observar con el corazón y disponernos a escuchar. REGIÓN DE ANTOFAGASTA
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