ANTOLOGIA 2025

::139:: HISTORIAS CAMPESINAS EL ROMERO DE GLADYS Any Roa Bravo Segundo lugar regional Mejillones 63 años En el año 1990 llegamos a vivir a la villa Ayquina en Calama. Fue una hermosa experiencia de treinta años. Nos mudamos desde Chuquicamata un cálido día de abril, en una ardua jornada de trabajo junto a nuestros hijos, y casi al anochecer nos tocaron el timbre. Eran nuestros nuevos vecinos que nos daban la bienvenida al barrio con un rico queque de zanahoria. Ese gesto de los vecinos fue el inicio de una gran amistad que perdura hasta el día de hoy. Mi vecina de al lado era la señora Gladys, y su esposo, Horacio. Tenían dos hijas adolescentes, a quienes vimos crecer e irse a estudiar a Temuco. Entre Gladys y yo nació una amistad gracias a su jardín, ya que ella tenía un lindo arbusto de romero. Una vez le pregunté donde lo había conseguido y me contó que lo trajo desde la casa de sus padres en Temuco. Tremendo viaje se había pegado esta mata de romero, pero además me contó una cosa bien curiosa. Cuando llegaron con él, lo dejaron aclimatarse en Calama un buen tiempo y, entrada la primavera, su esposo lo plantó en una noche de luna creciente, según la tradición Likantatay. Hizo un hoyo profundo, le puso azúcar, ya que no tenían miel, y luego, cuando la lunita alumbró verticalmente con sus rayos de luz el hueco que hizo para plantar el romero, procedió a ponerlo con mucho cuidado y rellenó con tierra y arena de Chiu Chiu su nuevo hogar. Lo roció con vino y le puso unas hojas de coca para asegurar la abundancia. Quedé muy asombrada de tanta sabiduría ancestral, que hasta hoy pongo en práctica. El jardín de mi vecinita no era muy grande, pero sobresalía su romero en medio de él, y cada vez que iba a preparar una carnecita mi veci me convidaba romero, al igual que para asar papitas con este secreto tan aromático que las dejaba muy deliciosas. Y no solo me sirvió para cocinar, una vez me atacó por enésima vez la sinusitis y andaba hasta mareada, cuando me vino a ver mi vecinita y me trajo romero seco, me dijo que me hiciera vahos de agua caliente con él, por tres noches, teniendo siempre el cuidado de no salir temprano en la mañana, para no helar la cabeza. Puse mucha atención a sus instrucciones y lo hice con mucha fe, y al terminar el vaho de la tercera noche, me vino un estertor de esos grandes, comencé a toser, a lagrimear, a sonarme por casi una hora. Me llegué a asustar, mi esposo llamó a la vecina y ella fue a casa, me dijo que todo estaba bien, porque estaba botando todo lo que me tenía enferma, y así no más fue. Hasta el día de hoy nunca más he sufrido de sinusitis. Pasaron los años y veíamos con mi familia cómo los vecinos iban quedando solitos, los adoptamos y salíamos a veces a almorzar los domingos y cuando íbamos al interior los llevábamos a pasear, para que se llenaran de buena energía, de esa que te entrega la pachamama. Cuando ambos se jubilaron solían ir a Temuco en verano, y nosotros quedábamos a cargo del jardín y especialmente de su romero. A él le afectaba la ausencia de sus padres, se ponía triste, REGIÓN DE ANTOFAGASTA

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