::133:: HISTORIAS CAMPESINAS que afirmarse. Lloro frente a mi padre y él no comprende, porque no tiene cabello que trenzar, ni warmis que guardar. Mi padre llegó de afuera, conoció a mi mama cuando llegó a trabajar la tierra en Camiña y, a pesar de la negativa total de mi awicha, se casaron en una ceremonia cristiana a la que ella, orgullosa, no asistió. Al tiempo nací yo y ahí recién se reconcilió con la idea del matrimonio de mi mamá, vio en mi piel morena y mis ojitos rasgados el amor entregado de la Pachamama. Mientras mis padres trabajaban, mi awicha me crio con la cosmovisión del amor a la tierra y la reciprocidad, trasquilábamos alpacas y llamas, me tejió mi primer aksu13, me enseñó a usar el telar y a ofrendar a la pacha en gratitud. “Nosotras somos tus madres, Katari, pero la pacha es la madre de todos, cuida siempre de tus madres”, decía casi como un guion mientras arreábamos las llamas". Una mañana antes de la escuela, Katari despertó con su cabello más enredado que de costumbre, ese telar largo y negro ya le llegaba hasta las caderas y peinarlo suponía cada día un desafío más grande. Su padre, intentando desenredarlo, pasaba cepillazos de arriba abajo con toda la fuerza que permitía su brazo, entre los gritos de la niña la casa se volvió un caos. “Hoy mismo después de la escuela te voy a cortar esa frazada que tienes por pelo”, gritó el padre, y un silencio inundó todo. Katari no logró concretar un solo pensamiento en el camino a la escuela, todo en su cuerpo se volvió angustia, imágenes de su awicha y su mamá desvaneciéndose en el aire generaban un nudo terrible en su estómago, que pronto comenzó a salir agua por sus ojos. Apenas su padre la dejó en la puerta de la escuela, lo vio alejarse y comenzó a correr sin saber a dónde. Corrió por el pueblito escaleras arriba hasta que llegó a una pequeña quebrada café desde donde veía las montañas levantarse envolviendo al pequeño pueblo tarapaqueño en las alturas. El cielo estaba más azul que nunca. Ahí se sentó y lloró mientras hundía sus manos en la tierra. Cuando sentía que ya no le quedaba agua en el cuerpo, se quedó en silencio, mirando las casitas desde arriba. Una mujer mayor salió de una casa aledaña a la quebrada y al verla sola sentada se acercó. “¿Qué le pasa mija?, esa es mucha tristeza para una warmi tan joven”, le dijo la anciana. Katari la vio y volvió a llorar, toda la tristeza que salía de la pérdida era imposible de apagar. “Mi padre quiere cortar mis cabellos porque no sabe trenzarlos”, le dijo entre ahogos. “Y si los corta, jamás podré guardar a mi awicha y mi mama”. Era tanta la pena con la que lloraba esa niña, que la mujer se compadeció, entró a su casa en búsqueda de un cepillo, salió nuevamente y se paró detrás de ella. “Párese mija pues, que a mi edad ya no tengo rodillas para agacharme”. Katari en silencio y obediente se levantó, se secó las lágrimas con las manos sucias, quedando con un estuco de chuño en la cara. La mujer comenzó a cepillar su cabello con tanta suavidad que Katari cerró los ojos, y se imaginó en el patio de su casa en esa noche de otoño en que su awicha la abrazó por última vez. Luego, uno a uno tejió sus mechones oscuros y Katari, en cada nudo, pudo por fin sentir el olor de su abuelita, sus brazos rodeándole la espalda y a su mama besando sus mejillas. La mujer terminó de trenzar y dio media vuelta a Katari, quien seguía con los ojos cerrados. “Mírame” le dijo. “tus warmis están en cada arbusto, en cada mazorca, en cada wara que ves brillando en el cielo. Se aferran a tu cabello, es cierto, pero también se aferran a cada fruto que obtienes de la mama pacha. Ahora, vamos a tu casa, para que te laves bien la cara y el pelo”. REGIÓN DE TARAPACÁ
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