ANTOLOGIA 2025

::130:: ANTOLOGÍA 2025 DONDE EL DESIERTO HABLA EN MADERA Antonia Varela Carvajal Primer lugar regional Alto Hospicio 17 años A veces, cuando el viento del sur sopla fuerte y la tarde se tiñe de naranja sobre Iquique, Antonio camina por calle Baquedano con los ojos bien abiertos y los oídos atentos. Tiene nueve años y una imaginación inquieta. Sus zapatillas hacen crujir las tablas con sus pies al pisarlas, y a él le gusta pensar que la madera le responde, como si guardara dentro voces antiguas. —Escucha bien, hijito —le dijo su abuelo una vez, cuando caminaban juntos por esa misma calle—. Aquí no solo hay casas. Aquí duerme la historia. Desde ese día, Tomás no volvió a mirar esa calle como antes. Su abuelo, don Eugenio, era delgado, moreno y callado. Vivía con ellos en una casa antigua, de techos altos y escaleras de madera que crujían igual que Baquedano. Una tarde, mientras afuera el viento sacudía la tierra, le contó la historia del oro blanco. Del salitre, un polvo brillante que los hombres sacaban de la pampa con las manos rajadas y la espalda doblada. —Venían desde oficinas como Santa Laura o Humberstone, arrastrando carros llenos de salitre —contaba el abuelo mientras señalaba un viejo mapa—. Desde allá cruzaban la pampa, por caminos sin sombra, hasta llegar al puerto de Iquique. Tomás imaginaba a esos hombres sudando bajo el sol, con pañuelos en la cabeza y la mirada dura. Los veía cruzando el desierto, como hormigas que llevaban más que sacos: llevaban la esperanza de una vida mejor. —Pero escúchame bien, nieto —decía el abuelo, inclinándose hacia él—. Los barcos que venían por el salitre, esos monstruos de hierro, no podían volver vacíos. Si lo hacían, se hundían. Así que los llenaban con algo liviano, pero abundante: pino oregón. Tomás no entendía al principio. ¿Qué tenía que ver la madera con esa historia? —Todo, hijito. Porque esa madera sirvió para construir esta calle. El arquitecto Manuel Señoret la vio y supo que no era basura flotante. La convirtió en arte. Así, de la madera usada para equilibrar barcos nacieron los balcones, las techumbres, los pilares y los suelos que hoy crujen bajo sus pasos. Desde ese día, cada vez que Tomás caminaba por calle Baquedano, sentía cosas nuevas. A veces imaginaba a los hombres descargando la madera desde los barcos. A veces se detenía a mirar las fachadas de las casas, con sus molduras y colores desteñidos, y sentía que lo observaban. Otras veces, solo cerraba los ojos y escuchaba. REGIÓN DE TARAPACÁ

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