ANTOLOGIA 2025

::128:: ANTOLOGÍA 2025 EL SECRETO DEL ÑO CARNAVALÓN Cristóbal Pérez Torres Tercer lugar regional Arica 15 años En el pueblo de San Alegrón, escondido entre cerros de colores y ríos cantarines, todos esperaban con ansias la llegada de febrero. No por el calor, ni por las frutas dulces del verano, sino porque con él venía el Ño Carnavalón: un gigante hecho de trapos, paja, ropa vieja y una máscara de sonrisa eterna. Cada año, los vecinos lo construían con mucho cuidado. Lo vestían con chaquetas antiguas, pantalones rayados, una gran corbata chillona y una capa que arrastraba por el suelo. En su interior, decían, el Ño cargaba las tristezas, los errores y las penas del pueblo. Era su confidente silencioso. Y por eso, al final del carnaval, lo quemaban en medio de una gran fiesta, como símbolo de renacimiento y purificación. Pero ese año algo extraño ocurrió. Desde que colocaron al Ño en la plaza, comenzaron a suceder cosas raras. Los gatos maullaban al cielo sin razón, los relojes del pueblo se atrasaban, y la lluvia caía aunque no había nubes. Lo más inquietante era que la sonrisa pintada del Ño parecía cambiar levemente cada día: a veces se volvía más seria, otras veces, triste. Los niños comenzaron a susurrar que el Ño estaba vivo. Que se movía por las noches. Que lo habían visto mirando hacia la escuela, o caminando lento por las calles empedradas. Pero los adultos solo reían. —¡Son cuentos! El Ño es solo un muñeco —decían—. Siempre lo ha sido. Sin embargo, Lucía, una niña curiosa y valiente, no lo creía. Una noche, decidió esconderse en la plaza para observarlo. Esperó en silencio, tapada con una manta de lana, mientras las estrellas vigilaban desde lo alto. Y justo cuando el reloj dio la medianoche, el Ño se movió. No caminó, ni corrió. Simplemente giró la cabeza hacia ella y con voz suave le dijo: —¿Tú también tienes algo que dejarme? Lucía no pudo hablar. Pero en sus ojos brillaban lágrimas guardadas: el miedo de perder a su abuela enferma, la culpa de haber mentido una vez, la tristeza de ver pelear a sus padres. Todo eso lo cargaba en su pequeño corazón. El Ño extendió su mano de trapo. —Dame eso. Yo lo llevo. Así es como la gente puede volver a reír sin fingir. REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

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