::212:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO —Yo hace mucho que viajo. Perdí a mis padres en un accidente y estoy solo en el mundo. Afortunadamente tengo buenas amigas y amigos. Este viaje, en especial, ha sido fantástico, el contacto con la naturaleza junto a un guía de experiencia como usted me ha renovado. Le agradezco de corazón. —No me gradezca todavía que falta lo mejor. —No me diga, que si sigue así, me quedo por estos lados. Hizo un largo suspiro y como hablando consigo mismo, contó: —Yo también soy solo. Hace tiempo tenía un dúo de acordeones con mi hermano, pero, usted sabe, la juerga y el trago nos jugaron una mala pasada. Una noche que volvíamos de Chile Chico por el paso de Las Llaves, erramos el camino, él conducía y cayó al barranco, yo alcancé a saltar. Por esos lados no pasa un alma de noche, me quedé allí llorando hasta la amanecida. Nuestra madre, que en paz descanse, nos dio educación, pero la fama nos perdió. Así fue como juré que nunca más bebería y no volvería a tocar en una fiesta. Y volví a la casita de mamá, soy feliz con mis aves, así como usted me vio, solo toco para ellas y a veces hasta me acompañan en el canto —concluyó sonriendo. ¡Ahí estaba la historia que buscaba! Oculté mi emoción, le palmé un hombro en señal de amistad. Sin más palabras nos incorporamos y seguimos caminando. Un fuerte ruido llamó mi atención, esta vez no pregunté, quería hacer frente a cualquier sorpresa y les aseguro que la tuve: una cascada despeñaba desde los riscos, soberbia, impoluta y creaba un pequeño paraíso en que cabían todas las especies de árboles y más. Los calafates, chilcos, michais, botellitas amarillas, aportaban el color entre helechos y pangues gigantes. Confieso que me arrodillé y cerré los ojos, no estaba seguro de poder resistir tanta belleza. Don Braulio, hombre sabio, se alejó unos pasos. Todavía no terminaba el impactó, levanté los ojos al cielo y allí arriba tres cóndores en vuelo majestuoso se desplazaban con la seguridad absoluta de un paseo dominical. Estuve largo tiempo en silencio, ahí estaba el origen de todo, ese era mi lugar, sentía el pulso de la tierra, el aire puro, el agua cristalina, quería abrazar cada árbol, aspirar sus flores. Regresamos en silencio, agradecí una vez más la gentileza de don Braulio. Yo había ido en busca de la historia de un hombre que tocaba el acordeón a la puerta de su casa para complacer a sus gallinas y me encontré con la fortaleza, la sabiduría y la amabilidad de un hombre extraordinario.
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