::210:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO Un hombre extraordinario María Quintana Sánchez Tercer lugar regional Coyhaique 84 años Una de las experiencias más insólitas que he vivido en mis visitas a las zonas rurales fue visitar a un hombre que, sentado a la puerta de su casita, y digo casita porque era una vivienda muy precaria, tocaba el acordeón y su cara curtida por el viento mostraba paz y felicidad. Ustedes se preguntarán ¿qué tiene de insólito un hombre feliz que toca el acordeón sentado en la puerta de su casa? Nada a simple vista. Lo extraordinario estaba en su público oyente: un grupo de gallinas, pavos, gansos y uno que otro pájaro autóctono que, en orden casi escolar, se agrupaban frente a él con los ojos redondos y las cabezas ligeramente inclinadas, como hacen las aves cuando escuchan. Todo esto sin contar el gato sentado a su lado, el perro echado a sus pies y hasta un chanchito regalón que se quedó huérfano después que faenaran a su mamá, una cerda enorme que le dio carne y grasa para vivir un largo tiempo. En respetuoso silencio, Estela y yo esperamos a que terminara el concierto. Ella era vecina del acordeonista y me anticipó la historia como material para un buen cuento. Me invitó a pasar una temporada en el campo, cosa que acepté encantado, pues, hacía tiempo que quería sacudirme el exceso de ciudad que me estaba ahogando. —¡Buenas, don Braulio! Mi amigo quería conocerlo. Le presento a mi amigo don Carlos Faúndez, hombre de ciudad, gran amante de los animales y los pájaros. Se lo encargo — dijo Estela. De mi cuello colgaban los prismáticos y la cámara fotográfica que le daban asidero al relato. El lugar donde nos encontrábamos era un verdadero paraíso. La casita estaba emplazada en un claro entre chilcos y calafates en una pequeña elevación del terreno, al amparo de un viejo coihue. Abajo corría un arroyo transparente. Suspendida la música, las aves y los animales se dispersaron, instancia que aprovecharon algunos tordos, gorriones y come tocinos para picotear los restos. Se hizo un momento de silencio, aproveché para acercarme otro poco. —Qué lindo lugar don Braulio. Ese bosquecito me recuerda mis cuentos de infancia. ¿Usted me permitiría cruzar el arroyo para tomar algunas fotografías? —Mi amabilidad lo ablandó. —¡Claro! Si gusta lo acompaño.
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