::209:: HISTORIAS CAMPESINAS Muchas veces ocupé aquel silencio después de la once29, esos cálidos minutos de ocaso, para pensar qué unía tanto a una mujer con la región a la que daba a entender que no pertenecía. El gélido frío, el abrasante calor, la humedad de las mañanas; había experimentado todas las temporadas. Aun así, mi tía parecía poner tanto espacio entre ella y la tierra en la que había vivido toda su vida. ¡Cómo si no fuera ya suficiente! Pero el tiempo me enseñó que esta negativa a ver la Patagonia como propia no reflejaba un sentimiento de rechazo, si no de profundo cariño. Mi tía estuvo siempre dispuesta a desprenderse de su derecho a considerarla propia para poder reconocer a lo natural como superior. Cada corte de leña, cada plato preparado, cada flor que mimó, fue un reconocimiento a lo efímero de su vida y sus acciones, y aun así decidió compartirlas con todos. La casa siempre estuvo llena. A la intemperie éramos pocos, no más de quince en los campos, pero dentro de su cocina azul estorbábamos. Chocábamos unos con otros y, si la pillábamos de malas, éramos reprochados. Pero el ambiente estaba siempre colmado de una sensación de cercanía. Aun cuando nos rodeaba una abrumante cantidad de nada, era en esos momentos que nos sentíamos llenos de todo. Los gestos endurecidos por la crueldad del clima escondían una ternura romántica y, al observar con cuidado, era posible descifrar miradas de complicidad entre los hermanos y los mejores amigos. Súbitamente, la vida abrazada por los cerros era dulce y el hormigueo en las extremidades secundario. El deseo de más se volvía, entonces, tan desechable. La buena Clara me habría dicho lo de siempre: —Somos todos chiquititos, mijita. No se me agrande. Mejor venga y ayúdeme —dejó entonces un ramo de anémonas plásticas en su jarrito. El azul brillante contrastaba con los tonos naturales de la maleza y el musgo. Sé que habría preferido rosas, dice mi voz interna, casi hablándole a ella. Pero no estamos en época. Le traeré unas para el Día de todos los Santos. Entonces me devuelvo sorteando pastelones rotos de cemento y pétalos sintéticos que adornan el cementerio con multitud de colores. La luz del sol sobre el mármol ilumina mi camino hacia la salida y camino despreocupada sobre el barro que ensucia mis botas de goma. Me dirijo al centro, dispuesto a aprovechar lo que queda de tarde en la ciudad, antes de que sean las cinco y me recojan para volver al campo. 29 Once: merienda, comida de la tarde (nota de la edición). REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO
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