::208:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO Clara Morales Victoria Foster Muci Segundo lugar regional Aysén 18 años La Patagonia es un secreto. Eso me decía siempre mi tía Clara, con quien no compartía realmente un lazo sanguíneo. Estamos muy bien escondidos, para bien o para mal. Siempre que me contaba una historia, mi tía Clara hacía algo con las manos: pelaba una manzana o sacaba brillo a alguna cerámica que se beneficiaría más de un buen remojo en agua hirviente que de un cariño con un paño viejo. Aquella tarde jugueteaba con una tabaquera de cuero resquebrajada y dañada por el agua. Las costuras rojas se movían en forma de espiral entre sus manos y, además de marearme, anticipaban un largo relato. Aquí hay mucho espacio, y distancia es lo que más hay entre las casas y entre los caminos. En la pampa hay kilómetros de pasto verde hasta donde ve el ojo. Pero la distancia que se sentía más larga era la del camino al norte. Parecía interminable y no sé si era la ruta, en ocasiones tan recta y monótona, en otras quebrada y retorcida como serpiente, o la gente que poco la transitaba. Y es que solía ser así: se van más de los que vienen y los que vienen se quedan poco. Se maravillan con las vistas, claro. ¿Cómo no hacerlo? Pero encuentran feo el pueblo, quizás, o muy malo el clima, la cosa es que duran poco y ya en la capital, término que mi tía Clara usaba para referirse a cualquier ciudad más arriba de Los Ríos, afirman que vieron la Patagonia. ¡Sin haber visto nada! Una que es de acá ha pasado toda la vida entre estos mismos cerros. Y, mijita, yo le puedo decir que conozco los campos, pero nunca la Patagonia, decía mi tía Clara que con una mano tiritona le echaba más agua al mate. Solo Dios sabe lo que hay entre los cerros, allí donde los cortes se juntan muy estrechos y no podemos entrar las personas. Por las noches suenan silbidos que no calzan con el de ningún pajarito, mija. Y a veces una va caminando cuesta abajo y se encuentra con piedras y palos caídos en figuras que no hace ninguna mano humana, enfatizaba mi tía con sus palabras. Su discurso siempre era pausado y claro, no por nada oía a menudo que ella modulaba por ella y por su difunto marido, a quién le solía jugar en contra del acento. Hay cosas que no están hechas para explicarse. Sorbía, con gran dramatismo, siempre que rozaba el límite de lo místico, y acá los paisajes son para verlos, pero no son de uno. La tierra para trabajarla, los fiordos para recorrerlos. Pero sin nunca olvidar que la Trapananda no nos debe nada.
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