ANTOLOGÍA 2024

::206:: ANTOLOGÍA 2024 —Llevo los pies mojados, me pasó el agua —acotó Nino. —Y yo no siento mis manos por el frío —agregó Mario y las puso inmediatamente bajo su poncho, apretando firme el bulto, una especie de morral donde todos los estudiantes transportan sus cuadernos y útiles escolares. Juan, Jimena y Chito con sus vestimentas impregnadas de agua iban cabizbajos, soportando el agua incansable que se filtraba por entre las prendas. Los pantalones y sus frágiles botitas vulneradas por la lluvia. El trayecto era monótono y el sonido del calzado en contacto con las piedras del camino generaba una atmósfera opaca y fatigante. La lluvia inclemente y el viento que silbaba agresivo, castigaban los frágiles cuerpos que, formando una hilera a la orilla del mar furioso e iracundo, avanzaban ensimismados en sus propias cavilaciones, indefensos ante la furia de la naturaleza. Algunos compañeros aceleraban el tranco para llegar hasta Punta Tres Cruces. Allí se camina por una especie de túnel que, como un gran paraguas, impide que la lluvia y el viento golpeen directamente. —Chicos apuren. Está comenzando a crecer el banco —alertó Julián Corbett asomado a una saliente colina desde la que divisó el estado de la marea. Los escolares apuraron el paso para no tener que quitarse los zapatos. Eran las ocho y media y pasando la Punta de Tres Cruces ya aparecía a lo lejos la escuela de Voigue. Con sus ropas empapadas y el cuerpo entumido desde la cabeza hasta los pies, redoblaron sus esfuerzos para llegar al banco de arena con la esperanza de no tener que pasar por el agua marina. —¡Avancen chicos, corran! ¡El agua aún no cruza el banco! ¡Todavía pasamos! —gritó Julián adelantándose al grupo, anticipando el estado de la marea desde aquella especie de mirador. Aceleradamente llegaron al punto donde termina la isla Taucolón y comienza Voigue. Sin embargo, ya un hilo correntoso de agua iniciaba su paso hacia ambos lados y en un abrir y cerrar de ojos formó un riachuelo divisorio. —Chicos, yo me quitaré los zapatos. Ya estoy mojado. Meterme al agua me da lo mismo. Pasaré a “cheque” a los más pequeños —dijo Juan—. Ustedes que son más grandes, mójense no más. Tengan cuidado con la corriente. Mientras Juan trasladó a dos compañeros más pequeños y a sus hermanos Chito y Jimena, los demás, en ordenada fila, ingresaron a las frías aguas del riachuelo que ya se había formado. Unos pasaron brincando hasta la otra orilla. Otros, directamente con sus calzados puestos, atravesaron la naciente columna de agua. Sus cuerpos ya se habían acostumbrado al frío de la mañana y la lluvia implacable los había dejado en ese estado en que, una acción más o una menos, no tenía mayor importancia. REGIÓN LOS LAGOS

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