::200:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DDE LOS LAGOS La noche de los chalilos Jorge García Fuentealba Primer lugar regional Ancud 43 años Siempre tuve tirria a los bichos, pero entonces aún no sabía sobre los famosos chalilos. Aquella vez, como castigo por repetir tercero medio, me mandaron de Ancud a Huillinco a trabajar en el silo. Teníamos que repartir el pasto cortado con la horqueta, esperando que pasara el tractor para compactarlo. Hacía un calor insoportable y, además, mis compañeros de faena me peleaban por mi inexperiencia. Pero lo peor eran los insectos. Tábanos de día y mosquitos de noche, picándonos sin compasión y sin pausa. Y ahí estaba yo, enfurruñado, dándole con la horqueta como loco y peleando con los compañeros y con cada bicho, esperando que pasara el tractor para empezar todo de nuevo diez, cien veces. Sí, vaya castigo. Pero todo mejoró el segundo día. Porque fue entonces que llegó a las faenas ella, la Elcira. Era hija del caporal, don Iván, una mezcla perfecta de gringo y huilliche. Tenía la piel pecosa de un tono miel y los ojos avellana algo separados como un pudú. Hasta los más hoscos le sonreían al verla pasar. Ella no se detenía con nadie mucho rato porque estaba, supongo, aburrida ya de tanto enamorado. Y había otro asunto: era sorda. Le dio meningitis de guagua, decían, y había quedado así. Don Iván, que la celaba como fiera, era quien más dominaba el lenguaje de señas y nadie se atrevía a pedirle lecciones. Así que la Elcira pasaba ágil y silenciosa entre nosotros, dándonos agua, convidándonos sopaipillas con nalca, mejorándonos el día cada vez que aparecía. Entre los veinte que estábamos en la faena, más o menos cinco teníamos su misma edad. Y todos tratábamos de llamar su atención. Buscar a la Elcira se convirtió en un deporte en nuestros pocos ratos de ocio. Entonces un día se me ocurrió dejarle una notita en la que solo puse: “¡Hola! ¡Pucha que hay bichos!”. En la tarde, cuando ella y su abuela nos sirvieron la comida, su respuesta me llegó en la misma notita, algo más abajo. “¡Hola! Sí, muchos bichos. Pero igual veo que vas muy bien en el trabajo hoy”. Eso bastó para alegrarme la tarde. Eso bastó, la verdad, para que me enamorara de ella. Pero me asosegué y escribí algo más abajo: “Voy bien. Pero algo en ti me tiene distraído. Ja, ja”. Esta vez ella se apuró en darme la respuesta: “¿Y qué sería?”. Estuvimos jugando a que ella me preguntaba ese algo en varias notas, y yo me hacía el leso con evasivas: “algo… chacal”, “tu papá no me perdonaría”, “adivina”, etc. Así pasaron varios días en que el calor aumentaba y las faenas se acumulaban. El sol nos tenía a todos descuerados del cuello para arriba y los bichos nos hacían chupete. Pero yo no me daba ni cuenta, porque estaba pendiente de las notitas de la Elcira. En persona, apenas nos mirábamos, pero esas pocas miradas llenas de secreto me hacían soñar despierto. El quinto día, el más caluroso, aposté el todo por el todo: “Elcira, juntémonos hoy en la noche”, escribí. Le deslicé la nota entre sus cosas, como siempre. Pero ella pasó el día sin responderme, llevándome a creer que la había ofendido, que me odiaba, que era el fin. El calor se me hizo
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