::201:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN LOS LAGOS más pesado y anduve malhumorado. Y así hubiera seguido si no hubiera encontrado una nota de respuesta debajo de mi plato de cena: “Juntémonos en el claro a medianoche. Prende una fogata y te encontraré, amor”. Dejé escapar un suspiro de alegría. Me amaba. Lo dijo. Lo escribió. “Amor”. ¡Me amaba! Todas las bellezas de Chiloé estaban concentradas en esa noche de enero. Yo me paseaba como soñando, peinado al limón y talqueado entre las bostas de vaca, tan contento que hubiera podido bailar en vez de caminar. A veces sentía un cosquilleo en las orejas. ¿Tábanos? No podía ser a esa hora. Quizá zancudos, daba igual: nada podía arruinarme la noche. Mi noche. Soñaba con darle un beso a la Elcira. Con eso hubiera bastado. Un beso para una vida. Llegué al claro y armé una fogata con el cartón y astillas que había llevado especialmente. A la primera llamita vinieron volando un montón de bicharracos; tantos, que usé un palo como antorcha y los eché de a uno. Nunca los había visto: eran chicos y alargados, de un café brillante, como barnizado. Hice tanto jaleo para echarlos que acabé apagando el fuego. Tardé en reaccionar. ¿Y si, justo, la Elcira había pasado de largo sin ver la luz? ¿Tendría otra oportunidad? Desesperado, junté todos los palos secos que pude y los encendí. Un gran fuego ardió. “El faro del amor”, pensé. Pero entonces vino lo peor. Los bichos se acercaron a la llama primero, para luego concentrarse en mí. Vinieron de a miles. Se me pegaron al cuerpo, recorriéndome entero. No me mordían, sino que se “movían” sobre mí. Me miré el brazo y vi a dos, ya sin alas, apareándose frenéticos. Sentí a otros en mis orejas, en mis axilas… ¿para qué sigo? en todas partes. Yo, que había buscado el amor furtivo, me había convertido en una casa de citas viviente. Me los quité de a puñados. Pero siempre venían más. Me tiré al suelo para restregarme y rodé por el pasto como un embrujado. Pero no podía librarme. Aullando, corrí por el bosque hasta llegar a la vertiente. Lo pensé un instante y me eché al agua con todo y ropa, y estuve abajo lo que pude aguantar la respiración. Cuando salí, los bichos me habían dejado y ya no me persiguieron más. Mojado y humillado, anduve a solas por la noche. A la luz de la luna llena vi enjambres tan grandes que parecían nubes. Fui a las barracas. Pronto oí que estaban los trabajadores reunidos tomando su mate, totalmente a oscuras. Me acerqué sigiloso. Hablaban de los “chalilos” que salieron esa noche, la más calurosa del año, a aparearse por única vez en sus vidas. Y luego, con horror, los oí jactarse de haber interceptado mi nota a la Elcira y de imitar su letra para hacerme encender una fogata que atrajera a los chalilos. Se reían como locos. Llorando de furia, me metí en la casa patronal, encendí el generador a diesel y prendí la radio y todas las luces. Los chalilos llegaron como una plaga bíblica y se arrojaron sobre los que estaban afuera, que primero los combatieron débilmente y luego debieron huir a sus casas, echando maldiciones.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy