ANTOLOGÍA 2024

::199:: HISTORIAS CAMPESINAS cierto tiempo se iba a la bodeguita que tenía al fondo del patio a rezar, a llorar, a maldecir, y a tomarse un vaso de vino tinto al seco justo cuando se enteraba de que venía en camino un cuñado con su esposa y sus dos hijas, en el auto de un amigo donde se habían colado para no pagar los pasajes del bus. Ese tío era el rey de lo bolseros. Gentuza de mierda. Los familiares comían como lima nueva, y de arriba cayó un gato y llegaban aquí te las traigo Pedro (entre chilenos nos entendemos) y dejaban la despensa vacía, a los viejos sin un peso en el bolsillo y con depresión para el resto del año. Huevones bolseros y miserables. Y qué manera de ducharse esos seres indignos y despreciables. Se duchaban como tres veces en el día con abundante agua caliente y jabón. Usaban el jabón y el shampoo de la casa. Naturalmente, a veces exigían el bálsamo a gritos desde la puerta del baño, chorreando agua y tratando de parecer simpáticos: “Tíita, ¿no tiene un poco de bálsamo por ahí? Si fuera de hierbas sería mejor”. También se daban una ducha corta después de la siesta y otra más larga cuando regresaban de la playa. Para “sacarse la arena”, decían. Pobres viejos, y tenían que sonreír todo el tiempo para que no se fueran a sentir las mierdas. En las noches hacían una cucha para comprar un par de cervezas y medio kilo de pepinillos, y armaban fiesta los muy hijos de puta, o bien hacían rondas de chistes y se cagaban de la risa con total prescindencia de los dueños de casa, o jugaban al carioca o al bachillerato. Otras veces ponían cumbias en el equipo musical y se zangoloteaban un rato. Lo pasaban chancho ¡y gratis! ¿dónde mejor? De pronto cantaban: “chileno, chileno, chileno de corazón”. Eran unos patudos de primera y tenían una cara de raja increíble. ¡Salud por los tíos! decían, haciéndose los graciosos para quedarse un día más los huevones. Más tarde se ponían a cantar esa cancioncilla estúpida que dice: “Los que han nacido en enero que se pongan de pie…”, cuando iban por el mes de agosto ya se estaban tomando la botella de pisco Capel que papá guardaba en el barcito. En la noche, la casa parecía campamento de gitanos. Pernoctaban allí primos que no habíamos visto desde el verano anterior y otros que no habíamos visto en toda nuestra vida, durmiendo despanzurrados en el piso de la cocina o sobre la alfombra del living. Muchos roncaban y se peían a destajo, por allá se asomaba la teta blanca de una tía o el culo enjuto de un padrino que creíamos muerto. Y tal vez lo estaba. Se podía esperar cualquier cosa de ellos. Esos eran los veranos de nuestros padres en San Antonio, y esas eran las hordas de bolseros que los asaltaban indefectiblemente en enero y febrero de cada año. Pobres viejos, por fin descansan en paz. REGIÓN DE LOS RÍOS

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