ANTOLOGÍA 2024

::198:: ANTOLOGÍA 2024 Los bolseros Iván Espinoza Riesco Tercer lugar regional Río Bueno 69 años Los chilenos tenemos un idioma y formas de ser propias, de las cuales no deberíamos sentirnos orgullosos. Somos raros, especiales o diferentes. Hablamos con modismos que nadie entiende, somos saca vueltas en los trabajos, fiesteros y borrachines, un poquitín corruptos y deshonestos, somos burlistas y aprovechadores, pero también somos muy solidarios y generosos cuando queremos, es parte de nuestra idiosincrasia. Pero hay algo que forma parte de nuestra naturaleza: somos intrínsicamente bolseros. A los chilenos nos gusta pegar en la pera tupido y parejo, y en las vacaciones de verano nos dejamos caer en las casas de los familiares para ahorrar a costa de los demás. De ahí viene aquello de “paracaidistas”. Es decir, nos gusta salir de vacaciones con el dinero justo (con suerte nos alcanza para pagar los pasajes en bus y comprar en los almacenes chinos un engañito a los tíos). Los chilenos evitamos pagar hospedaje, no arrendamos cabañas ni cuartos de hoteles, ni zonas de camping, nada de eso. Nos hacemos los graciosos con un familiar que vive en la playa o cerca de un lago o en el campo y, aunque nos diga que ya tiene visitas, que no hay espacio para nadie más, o que simplemente nos vayamos a la mierda, insistimos con coraje y desvergüenza. “Pero tía, no se preocupe, nosotros nos arreglamos en cualquier rinconcito, andamos con sacos de dormir”. No hay caso con los bolseros. Recuerdo a mis acongojados padres cuando vivían en San Antonio a fines de la década de los ochenta. Pobres viejos, eran víctimas de los bolseros en forma alevosa. Siempre quedaban en bancarrota por culpa de familiares cercanos y recónditos que aparecían solo en los veranos a colarse en la casa para comer como sabañones: “Yo compro el pan para la once28, tía” decían las plastas, después de haber comido a la hora del almuerzo sin poner un mísero tomate. Si compraban seis panes para la hora del té, se comían dieciocho (papá siempre tenía que salir a comprar más pan con el rostro desencajado de angustia y contando las monedas). Mi pobre madre hacía diariamente una olla de porotos granados, o cinco kilos de merluza, o cuatro kilos de fideos con salsa para llenar a esa manga de patudos inútiles y angurrientas sabandijas. Nosotros, los hijos, nos sentíamos con más derecho de ocupar las camas, pero si llegaba una tía vieja o un minusválido cadavérico, se las teníamos que ceder. Y también íbamos al supermercado para surtir la despensa y aliviar el mísero presupuesto de nuestros padres. Ahora comprendo por qué papá se enfermó del corazón, y ahora también entiendo por qué cada REGIÓN DE LOS RÍOS 28 Once: merienda, comida de la tarde (nota de la edición).

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