ANTOLOGÍA 2024

::197:: HISTORIAS CAMPESINAS —Entiende que ese perro no puede quedarse en la casa porque no nos alcanza para darle comida y se va a morir de hambre. Tener animales hambreados llama la pobreza y más ya no podemos soportar. En la tarde, mi abuela me llamó desde el patio. —Ese perro no se irá y va a estar puro sufriendo, hay que tenerle lástima a ese animal. Ven, llámalo —me dijo. Ni siquiera fue necesario porque cuando salí de la cocina, Pelusa asomó por debajo del cerco y se acercó humillado, como si avanzara a punta y codo. —¡Agárralo! —mandó mi abuela. Yo lo tomé en brazos tal cual lo había hecho en la mañana —¡Mételo aquí! —me dijo sacando un saco de papas de la bodega. Lo hice sin objeciones. Apenas puse a Pelusa en el saco, mi abuela lo cerró con un alambre. —¡Tómalo del otro lado! —dijo mi abuela y mi mente de ocho años iba siguiendo las instrucciones rítmicamente, como un metrónomo. Entendí que me pidió ayuda por el peso de las piedras que ya estaban en el saco antes de que metiera a Pelusa. Creo que ese nombre solo estuvo en mi interior, nunca lo llamé así en voz alta. Mi mente se disociaba. No sé si contamos, ni cuantas veces balanceamos el saco antes de lanzarlo al río que estaba desbordado como solía estar cada invierno. Al caer al agua se hundió rápidamente y salieron grandes burbujas a la superficie. No hubo ningún sonido distinto al de la corriente del río que a esa fecha ya pasaba por debajo de la casa. Mi abuela se entró y yo me quedé en el patio mucho rato, no lloré, no sentí pena, solo miedo. Al final, ni por intuición, ni por lógica, sino por experiencia, sé que cuando un saco se mueve, hay un animalito dentro. Cuando maté a Pelusa, mi corazón se rompió en mil pedazos y con cada animalito que rescato levanto uno de sus fragmentos. Probablemente, nunca terminaré de recogerlos a todos. REGIÓN DE LOS RÍOS

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