ANTOLOGÍA 2024

::196:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE LOS RÍOS Éramos tan pobres que, en la casa de mi abuela en el campo, todos comíamos lo mismo. Niños, adultos, perros y gatos, nos alimentábamos de la misma olla, por lo que no era extraño ver a la perra y a la gata peleándose una papa debajo de la estufa a leña; siempre ganaba la gata. Mis pobres mascotas de infancia en el campo no conocieron el veterinario, ni el pellet, ni las esterilizaciones, ni las pipetas. Y nosotros tampoco. Cuando mi hermana se embarazó, tuvo que aperrar con la guagua. No comíamos los cereales que salían en la tele, solo pan con margarina o la mermelada hecha con los membrillos que cada abril recogíamos del árbol del patio que crecía junto al río. Pensándolo bien, yo tuve un poco más de suerte al haber contado con el líquido para matar los piojos que me pegaban en la escuela. A mis treinta años, he rescatado y ubicado por lo menos una docena de gatos y otros tantos perros. Si algo aprendí de ello es que todo es marketing, por lo que subí fotos de cada perrito, les puse nombre e inventé una historia, fantaseando personalidades: Marcos, un pequeño valiente y enérgico; Petunia, elegante y cariñosa; Fito, despreocupado y alegre y así hasta que llegué al pequeño manchadito al que inevitablemente llamé Pelusa: “Solo desea vivir”, puse en la descripción. Pelusa llegó a la casa cojeando. Se metió al patio y la Cata no se opuso a que comiera de su plato, una olla rota parchada con un trapo al fondo. La Loli no estaba, si no, la historia hubiera sido distinta. Cuando volví de la escuela lo vi y amigamos rápidamente; yo, porque me gustaron sus orejas largas y él, porque yo le di pan. Jugamos un rato, pero mi abuela me hizo entrar temprano. Cuando el río inundaba el patio en invierno, no me perdía mucho rato de vista porque sabía que me ponía creativo. Varias veces me sacaron del río por algunas caídas involuntarias y otras no tanto. —No te encariñes con ese perro, hay que echarlo, no se puede quedar acá —insistió mi abuela desde el primer día. Me llegaron varios mensajes y al pequeño Pelusa lo adoptaron rápido, me alegró saber que en una noche cuatro perritos ya tenían familia. Al otro día en la mañana ya me habían pedido todos los perros, incluyendo Faustino, gracioso y algo torpe; y a Calíope, silenciosa y regalona. Para la tarde ya los estaban viniendo a buscar y sin darme cuenta, un saco de perros tuvo casa en tiempo récord. El Pelusa de mi infancia estuvo una semana en mi casa. Cuando volvía de la escuela esperaba el pan que le daba a escondidas. Se iba cuando mi abuela lo echaba y cuando yo volvía de clases asomaba a la vuelta de la esquina. Un sábado jugué con Pelusa toda la mañana mientras mi abuela estaba en la feria del pueblo, vendiendo las verduras de la huerta. Lo tomé en brazos, le tiré las orejas y traté de hacer que fuera a buscar un palo como en las películas. Pero no hubo caso. Solo me movía la cola y me rasguñaba las piernas con sus garras duras y, aunque me dolía, lo aceptaba como parte del juego. Cuando volvió mi abuela, dejó las bolsas en la puerta y lo correteó como lo había hecho todos los otros días. Me gané un reto por cargante.

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