ANTOLOGÍA 2024

::192:: ANTOLOGÍA 2024 En Santiago, tomaron otro tren hacia el gran norte. Ahora el asombro fue creciendo a medida que se avanzaba en el camino. Poco a poco se fue haciendo más pequeña la vegetación y aumentaron los cerros en su magnitud y secuencia. Horas más tarde el paisaje era totalmente diferente, muy poca vegetación y, unas horas más adelante, en el vasto horizonte, sólo vio arena, piedras, cerros y montañas pétreas y desnudas. Al llegar a su destino, su entusiasmo inicial se había perdido al igual que el verde en sus pupilas. ¿Cómo podría subsistir en esas tierras? ¿Acaso sabían sus padres adónde iban a llegar? Pero ya estaban allí, así que no había mucho que pensar y menos que decidir. La suerte ya estaba echada. Y empezó Juan a vivir en ese mundo distinto. Año a año, su vida transcurrió en ese ambiente extraño e inhóspito. Poco a poco empezó a aceptar esta nueva vida y, siempre añorando las tierras sureñas. Siguió sus estudios y después tuvo que acompañar a su padre en las faenas mineras. Con una mirada inquisitiva, empezó a entender el paisaje nortino y compenetrarse en los distintos tonos de las montañas, los espejismos de las distancias, los ardores del día y los fríos intensos de las noches. Supo diferenciar las costras salitreras, las rocas cupríferas, las rocas piroclásticas y las que contenían componentes de hierro, plata, oro y otros minerales. Día a día, año a año, su vida laboral se forjó en las extensas pampas y su rostro, sus pulmones y su cuerpo entero se fueron impregnando del polvo y las sales del desierto. Los recuerdos de su primera infancia se habían ido esfumando y sólo quedaba un vago recuerdo de ellos hasta casi extinguirse. El paso inexorable del tiempo había dejado una profunda huella. Ya muy anciano, tuvo, por fin, la oportunidad de volver al sur amado. Entonces, sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción y nostalgia. Ahora, pudo volver a la capital en avión y, desde el aire, vio el extenso desierto y las colosales montañas donde transcurrió su dilatada existencia. Después vio unos cordones montañosos que bajaban al mar y donde ya se empezaba a notar el verde y los asentamientos urbanos. Rápidamente llegó a Santiago y, desde allí se embarcó al sur, ahora en modernos buses. Ya iniciado el viaje, encontraba tan lento el paso de las horas y su ansiedad crecía a medida que iba bajando en la bella geografía de esta larga y angosta tierra. Por fin llegó a sus territorios ancestrales. Su viejo corazón estaba rebosante de emoción y gratitud. Era el inicio del invierno. Una tenue lluvia le acarició el rostro. Muy feliz y agradecido, levantó los brazos al cielo. Al fin estaba entre los grandes árboles, aunque ya no eran los de antaño, había ahora solo pinos y eucaliptos. Pero, no importaba, el sueño de tantos y tantos años se había hecho realidad. La lluvia siguió cayendo y empapando su cuerpo seco y enjuto. Al cabo de unas horas solo quedó allí un charco de agua y sal. REGIÓN DE LA ARAUCANÍA

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