ANTOLOGÍA 2024

::190:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE LA ARAUCANÍA al retirarse daba las gracias por las atenciones prodigadas. Era un hombre sin tiempo. Iba y venía. No sabía su edad ni conocía a sus familiares, aunque se presumía que eran de origen pehuenche. Generalmente escuchaba y las respuestas eran gestos de cabeza y manos. No era mudo, pero sólo de vez en cuando conversaba, sobre todo cuando sentía alegría. Hablaba entre dientes un lenguaje propio que casi nadie entendía. —¡¿Cómo le va Millamán?! —le saludaron en la otra casa—. Lo estábamos esperando, aunque no teníamos mucha seguridad que llegara. Semi inclinado, Millamán lució como respuesta su infaltable sonrisa. —Me gustaría que mañana temprano llevara esta carreta con sacos de trigo al molino —le dijo el dueño de casa, indicando la carreta que ya estaba lista—. Yo voy a caballo para avisar al molinero que tenga todo preparado. Millamán respondió con el clásico movimiento de cabeza de arriba a abajo varias veces. El trato estaba hecho. Los campesinos, por costumbre, molían trigo antes del invierno para aprovechar que los caminos todavía no estaban muy fangosos y así no tener dificultades en los crudos días invernales del sur. Al día siguiente, al amanecer, enyugó la yunta con los bueyes más forzudos, pues la carreta iba pesada y el angosto camino que debía recorrer por más de una estaba ya blando, sombrío por las hileras de encinas que lo bordeaban. Las cuestas estaban erosionadas por las lluvias. Con la picana al hombro, delante de los bueyes, Millamán emprendió viaje. Llevaba en sus bolsillos una buena provisión de pan y, en la carreta, una bolsa de harina tostada, un jarro de hojalata y una cuchara que podía usar en cualquier acequia o arroyo mientras descansaban los bueyes. El dueño del trigo llegó temprano al poblado de Rari Ruca, donde funcionaba el molino. Luego de hablar con el molinero, salió a recorrer los escasos emporios para comprar los infaltables elementos: yerba mate, azúcar, aliños y otros menesteres de las cocinas campesinas. Casi a medio día fue al molino para cerciorarse del avance de la molienda, cancelar la maquila y dar las nuevas instrucciones a Millamán para la vuelta. Debía ser lo más temprano posible, ya que la noche aparecía de golpe. ¡Todavía no había llegado el carretero! El molinero estaba molesto pues había perdido su tiempo. Cientos de conjeturas se le arremolinaron al dueño del trigo: un eje roto, un buey lesionado, el yugo, el cabestro, en fin. Esperó unos minutos hasta que decidió ir a su encuentro. En una cuesta, donde las piedras y el barro hacían difícil el paso, estaban los bueyes rumiando mansamente. La carreta semi volcada y enredada. Millamán no estaba. Tampoco había nadie a quién preguntarle. La carga había resistido en su lugar. El campesino silbó, gritó, llamó, pero no había ninguna señal del carretero. Siguió avanzando cuesta arriba. Entre el barro divisó su manta. Al acercarse, tuvo una impresión macabra. Millamán se tropezó, los bueyes no pudieron sujetar la carreta cuesta abajo y una de las ruedas le partió el cráneo.

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