::189:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE LA ARAUCANÍA Millamán, cóndor de oro Luis Narváez Vilche Segundo lugar regional Temuco 86 años Esa mañana Millamán llegó temprano a nuestra casa de campo, cerca de Curacautín. Avanzaban los pálidos días otoñales de la década de 1940. Corrimos, mi hermano y yo, aún niños, para avisar a nuestra madre que preparaba el desayuno. Mi padre había salido temprano a barbechar. Desde el fogón en tierra salía abundante humo que nos hacía llorar con facilidad porque los palos estaban húmedos. El hombre sonreía en silencio desde afuera sin atreverse a entrar, a pesar de haber estado infinidad de veces en nuestra casa. Mi madre lo invitó a pasar para servirle una taza de café de trigo con tortilla de rescoldo recién hecha. Tenía una baja estatura, la espalda curvada y siempre cubierta con una manta tejida a telar color sepia por la acción del humo, algo común en todas las casas campesinas que frecuentaba alternadamente. Sobre la cabeza canosa equilibraba un sombrero en forma de cono usado por mucho tiempo, similar a los que se usaban en tiempos de la Colonia. Tenía una tez cobriza, pómulos salientes y ojos adormecidos. Al sonreír dejaba ver escasos dientes oscuros y gastados entre sus labios gruesos. Era respetuoso con grandes y niños. Cualquiera fuera el mandado, obedecía a todos sin dificultades. Le gustaba llevar leña al fogón, acarrear el agua en baldes desde el pozo o el arroyo y arreglar la huerta. Todo aquello resultaba de gran ayuda a las dueñas de casa. Al medio día llegó mi padre y le propuso al hombre que lo acompañara al trabajo después de almorzar. Una nueva sonrisa y un clásico movimiento de cabeza de arriba a abajo, indicaban que estaba de acuerdo. Millamán era entendido en el arte de enyugar bueyes. Se servía de los perros que le obedecían con gran docilidad para apartar la yunta deseada. Después los premiaba dándoles las cáscaras más duras de su ración de pan. Conocía el nombre de todos los bueyes de los vecinos y todos se portaban muy mansos con él. Su función era ir delante de los bueyes para que no se salieran del surco mientras otra persona equilibraba el arado. Siempre recogía lombrices o gusanos del surco anterior para dárselos más tarde a las gallinas. Por la tarde Millamán manifestó su intención de irse. Estaba de paso, pues lo esperaban en otra hijuela cercana. Todos lo conocían y lo ayudaban con ropas y calzado. En todas las casas le proporcionaban cueros de ovejas, alguna frazada que usaba por las noches que permanecía en el lugar. Solía dormir, generalmente, en los galpones con pasto. Al mudarse empacaba sus cobijas en un saco que dejaba en un rincón hasta una próxima visita. Nunca pedía dinero y
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