::188:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE LA ARAUCANÍA A medida que pasaban los años, don Gaspar y Trébol permanecieron inseparables. La vida del hombre se había enriquecido de maneras que nunca había imaginado. Desde la muerte de su esposa y de su único hijo, toda esa esperanza que esperaba que algún día volviera a su vida, se había desvanecido como la nieve bajo el fuerte sol. Trébol, siempre fiel, envejeció junto a él, brindándole compañía hasta el último de sus días. En su lecho de muerte, don Gaspar miró a Trébol y le susurró: —Gracias, amigo mío. No sé qué habría sido de mí sin ti. Trébol, con la sabiduría de los años en su mirada, apoyó su cabeza en la mano de don Gaspar, cerró los ojos y exhaló el último suspiro, un suspiro que lo sumergía en el profundo y satisfactorio sueño eterno. El turno de don Gaspar llegó con el pasar de los años. Su descanso fue en su cabaña, rodeado de sus gallinas y de los vecinos que lo acompañaron hasta el final. En su tumba, junto a la de Trébol, los tréboles crecían exuberantes, simbolizando una amistad que trascendía la vida misma. Y así, en la paz del campo, donde todo había comenzado, un hombre huraño y un perro encontraron la amistad y el amor que tanto necesitaban. Sus historias, entrelazadas para siempre, demostraron que, incluso los corazones más solitarios, pueden ser tocados por la lealtad y la amistad incondicional.
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