ANTOLOGÍA 2024

::187:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE LA ARAUCANÍA siempre aparecía como un buen presagio, en parte porque le recordaba a los tréboles que crecían en su huerto: resistentes y persistentes. Trébol a su vez, demostró ser un compañero leal. Protegía la cabaña de intrusos, cazaba pequeños roedores y, sobre todo, le brindaba compañía al hombre solitario. La presencia de Trébol suavizó el corazón de don Gaspar. Comenzó a hablar con el perro, le contaba historias de su juventud, de los campos y de los animales. Aunque Trébol no entendía las palabras, respondía con su presencia y su mirada atenta. Don Gaspar, que nunca había tenido a nadie con quien compartir sus pensamientos, encontró consuelo en esa compañía silenciosa. Un día, mientras paseaban por el bosque, tropezó y cayó, torciéndose un tobillo. Incapaz de caminar, se sentó contra un árbol, tratando de no desesperarse. Trébol, al darse cuenta de la situación, se quedó a su lado, lamiendo su rostro y gimiendo. Don Gaspar le indicó que fuera a buscar ayuda, aunque dudaba que el perro pudiera entenderlo. Para su sorpresa, Trébol salió corriendo. Don Gaspar esperó, convencido de que el perro no volvería. Sin embargo, poco después, escuchó voces humanas. Trébol había encontrado algunos vecinos y los había guiado hasta él. Gracias a la ayuda de su leal amigo, fue llevado de vuelta a su cabaña y su tobillo fue atendido. A partir de ese día, la relación entre don Gaspar y Trébol se fortaleció aún más. El hombre que antes desconfiaba de todos empezó a ver el mundo con otros ojos. Su corazón, antes endurecido por la soledad, se había ablandado gracias a la presencia del perro. El invierno llegó con fuerza, pintando el paisaje de tonos grises y apagados. Las noches eran largas y frías, pero don Gaspar y Trébol se mantenían cálidos junto al fuego. El hombre por primera vez en años se sintió verdaderamente acompañado. El animal no solo le había dado su lealtad, sino también su amor incondicional. Una tormenta particularmente fuerte azotó la región una noche. Los vientos huracanados hacían imposible salir de la cabaña. Don Gaspar y Trébol se acurrucaron juntos, escuchando el rugido del viento. De repente un fuerte golpe se escuchó en la puerta. Al abrirla, encontraron a un joven campesino, perdido y casi congelado. Don Gaspar, sin dudarlo, lo acogió en su hogar. El joven fue atendido y puesto junto al fuego. Trébol siempre atento, no se separó de su lado. Aquella noche el hombre, el perro y el joven encontraron calor y protección en la pequeña cabaña. La tormenta pasó y la primavera llegó, trayendo consigo un renacer para todos. Don Gaspar ya no era el hombre huraño y solitario de antes. La amistad de Trébol le había abierto su corazón a nuevas experiencias y relaciones. Los vecinos comenzaron a visitarlo con más frecuencia, compartiendo charlas y risas alrededor de la mesa. Trébol se convirtió en un miembro querido de la comunidad. Todos sabían que detrás de la transformación de don Gaspar estaba la lealtad y el amor de aquel perro que había llegado una fría tarde de otoño.

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