ANTOLOGÍA 2024

::186:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE LA ARAUCANÍA Nunca habrá un adiós Oscar Medina Maureira Primer lugar regional Padre Las Casas 49 años En un escondido rincón del campo vivía un hombre huraño llamado Gaspar. Vivía solo en una modesta cabaña rodeada de árboles y extensos campos. A don Gaspar no le gustaba la compañía; prefería la soledad del hogar, muy lejos del bullicio de la gente. Los pocos vecinos que tenía evitaban acercarse, sabiendo que una visita no sería bienvenida. Don Gaspar pasaba sus días cultivando su pequeña parcela de tierra, cuidando sus gallinas y reparando su cabaña. Su rutina era inmutable y cualquier interrupción le provocaba un gran malestar. Pero todo cambió una fría tarde de otoño. Estaba don Gaspar en su huerto recogiendo las últimas zanahorias antes de la llegada del invierno, cuando escuchó un ruido entre los arbustos. Frunció el ceño y se acercó con cautela, pensando que algún animal salvaje se había aventurado demasiado cerca de su casa. Para su sorpresa, de entre los matorrales surgió un perro de pelaje desaliñado y mirada lastimera. El perro, un mestizo de orejas caídas, ojos grandes y tristes, se detuvo a unos metros de don Gaspar. Parecía cansado y hambriento. El hombre, fiel a su naturaleza reservada, levantó su brazo en un gesto brusco para espantarlo. —¡Fuera de aquí! —gruñó don Gaspar. El perro no se movió. En lugar de huir, se tumbó en el suelo y dejó escapar un gemido suave. Don Gaspar, molesto por la desobediencia del animal, intentó ignorarlo y volvió a sus tareas. Sin embargo, durante todo el día, la imagen del perro abandonado seguía rondando en su mente. Al caer la noche, encendió el fuego en su chimenea y se preparó una sopa caliente. Mientras cenaba escuchó el viento aullar afuera y pensó en el perro. Trató de sacudirse la preocupación, pero finalmente cedió. Abrió la puerta de la cabaña y, bajo la luz de la luna, vio al animal acurrucado en el umbral. Suspirando con resignación, don Gaspar dejó un cuenco de sopa en el suelo, lejos de la entrada. —No te acostumbres —murmuró antes de cerrar la puerta. A la mañana siguiente el cuenco estaba vacío y el perro se había ido. Don Gaspar pensó que el problema estaba resuelto, pero al caer la tarde, el perro volvió. Esta vez el hombre no se molestó en echarlo. Con el tiempo, el perro empezó a aparecer cada día. Don Gaspar lo alimentaba a regañadientes, justificándolo como un acto de simple decencia humana. Poco a poco el perro se fue ganando un lugar su vida. Comenzó a llamarlo Trébol, en parte porque

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy