::184:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DEL BIOBÍO y preguntándonos por qué tanta mala onda. Y así sucedía un día tras otro. Su repertorio iba en aumento y a cada rato que pasaba por allí eran otras las palabras para expresar su desprecio hacia nosotros que, desconcertados, no hallábamos qué hacer. Hasta que llegó el momento en que, cansados ya de las burlas, decidimos hacerle una broma: le asustaríamos el caballo, total, era tan buen jinete que nada malo habría de pasarle. —¡Sí, eso es, asustémosle el caballo! —acordamos—. Hagámoslo este sábado en que hay fiesta en el fundo. Nadie nos verá porque estarán todos entretenidos y no sabrán quién fue. Y así, contando los días llegó aquel sábado donde la tradición decía que había que levantarse muy temprano a preparar la casa para recibir a los invitados. Cantoras y bailarines de cueca ya estaban listos, confirmando la invitación. Nosotros, en cambio, escondidos detrás de la zarzamora esperábamos calladitos la pasada del Justino. El muchacho, fiel a su maestría en el manejo del caballo, venía a galope tendido por el callejón levantando una polvareda que, a lo lejos, parecía fundirse con el humo incesante de los fogones en la parrilla de Ña Cleme. Serían las seis de la tarde de aquel sábado de fiesta mientras se celebraba la puesta de argollas de la hija del patrón, una criatura que ponía el riesgo de su belleza en el que la miraba y que se había enamorado perdidamente de mi hermano Ignacio. A decir verdad, ambos decían quererse mucho y ese día lo iban a celebrar con todo. El patrón dio su consentimiento, así que correría deseo y apetencia en esa fiesta familiar. Al llegar frente a nosotros, Justino, con un seco tirón de la rienda, chantó el caballo de golpe. Tenía un oído muy fino y se había percatado de los movimientos que hacíamos a pesar de que la música de las cantoras sonaba muy fuerte en el rancho. El animal, entre tanto, piafaba nervioso. Tal vez algún instinto por ahí lo hacía mañerear inquieto. Ese fue el preciso momento en que todos (éramos seis) salimos de nuestro escondite con los rostros cubiertos por sábanas blancas y nos abalanzamos sobre el jinete que, sorprendido, solo atinó de forma instintiva a espolear al animal. Asustado, el caballo dio un salto enorme que no pudo ser controlado por Justino lanzándolo de cabeza sobre el zarzal. Todavía recuerdo el grito que dio aquel muchacho al entrar en las espinas como uno de los episodios más significativos de mi niñez. Recién ahí fue cuando nos dimos cuenta cabalmente de lo que habíamos hecho. El caballo salió disparado hacia las casas del fundo mientras Justino gritaba de dolor sumergido hasta las mismas raíces de la enorme mata de zarzamora. Quizás serían los gritos de dolor los que acallaron la música y el jolgorio de la fiesta. El caso fue que aparecieron algunas personas preguntando qué había pasado. Entre esas personas venía mi padre.
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