::183:: HISTORIAS CAMPESINAS El Justino Sergio Melgarejo Fuentealba Tercer lugar regional Concepción 80 años Nunca pude entender la verdadera razón que tenía ese muchacho llamado Justino para molestarnos tanto cuando nos juntábamos en las tardes con los amigos a jugar a la pelota en las vegas del Bajo del Portezuelo, aquella hacienda donde trabajaba mi padre como capataz. Dos zapallos eran el arco por un lado y, por el otro, dos canastillos de mimbre propiedad de mi abuela, que todos los días se preguntaba dónde los habría dejado. Justino era el hijo menor del dueño del fundo y tendría unos diecisiete años. Nosotros, en cambio, éramos mucho más chicos, teníamos en promedio unos diez años, una edad donde los juegos se hacían carne en nuestra piel presa del aprendizaje en materias deportivas. Caídas y movimientos en falso se repetían a diario con una secuencia redondita. Casi como una pelota. Cuando nos dimos cuenta de que las cosas se iban ajizando, fue el día en que Justino, al recorrer el trayecto desde el fundo a las vegas, se detuvo abruptamente a mirar cómo jugábamos. Paró el caballo y fingió que revisaba los aperos, pero nosotros sabíamos que por debajo del ala del sombrero nos estaba observando. Tal vez algo de niño quedaba todavía en él, pero como era el hijo del patrón no se atrevía a hablarnos para pedir que lo dejáramos entrar a la cancha. Y allí estuvo mucho rato hasta que, cansado de su posición, dio un abrupto giro de riendas al caballo y se alejó al galope por el callejón bordeado de zarzamoras. Lo que no sabía Justino era que nosotros siempre habíamos querido hablarle para invitarlo a jugar, pero luego desistíamos empujados por el frenético vaivén de la pichanga24. Había algo que Justino dominaba a la perfección y que lo hacía acreedor de la admiración por parte de las niñas y envidia de parte de los hombres: el muchacho, desde muy pequeño, había andado a caballo y era el mejor jinete en varias leguas a la redonda. Sus movimientos de riendas en el Bajo eran famosos y reconocidos por los más entendidos en el bello arte del bridaje. Hasta que llegó el día menos pensado, en el que Justino comenzó a tratarnos mal. En cada ocasión que pasaba por las vegas no dejaba de gritarnos: —¿Qué están haciendo los malos si no saben jugar a la pelota? ¡Váyanse a trabajar mejor! ¿quién les dijo que eran buenos pa’l fútbol? ¡Mejor cómanse el zapallo! —Y muerto de la risa dando un giro certero a las riendas se alejaba dejándonos allí solos sin saber qué le había pasado REGIÓN DEL BIOBÍO 24 Pichanga: partido de futbol informal (nota de la edición).
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