::182:: ANTOLOGÍA 2024 de “angelitos”. Cuando una guagua fallecía, vestían a la criatura con un hermoso ajuar, acomodaban su cuerpo sentadito, le adornaban alitas en medio de un altar de flores y velas que la familia preparaba para ellas. Todos se reunían alrededor del inocente, compartiendo rezos y cantos a lo humano y a lo divino, para que encontrara su camino de regreso al cielo. Años después, Alma se casó. Pero el marido le salió bueno para el trago y cuando estaba borracho se encachaba con ella y por nada le aforraba. De tanto que le pegó durante su vida matrimonial, le voló todos sus dientes a puñetazos. Ella, como tantas mujeres de antaño, se resignó a su suerte y a las consecuencias de aquellas palizas que dejaron huellas imborrables en su físico y en su espíritu. Se refugió en sus cantares, lograba evadirse de su triste realidad emocionando a todos con su voz sentida. Su marido la acompañaba a los lugares donde iba a cantar como perro guardián. Pero sobre el trago armaba roscas, desafiaba a otros hombres con crueldad y, embrutecido por el vino, provocaba peleas monumentales. Ella a veces le preguntaba por qué peleaba, por qué les pegaba a otros hombres, él le respondía enojado: —¡Porque te miraban, pues! A veces, en plena celebración, le pegaba a ella misma, delante de todos. Alma salía arrancando con guitarra y todo. Cierto día, luego de una trifulca que él mismo empezó, lo mataron de una estocada certera en el corazón. Alma quedó destrozada. A pesar de todo, ella lo quería. No podía lidiar con ese sufrimiento. Quedó viuda con varios hijos, el más grande tenía nueve años. Sola y desdentada, no sabía qué iba a hacer. No quería ni cantar por aquella época. El duelo y la pobreza le carcomían la vida. Ante las constantes invitaciones de la gente, con el tiempo, con coraje y valentía, sacó fuerzas de su flaqueza y con su guitarra y su tristeza al hombro volvió a amenizar las fiestas, a cantar sus penas en casorios, bautizos, trillas y velorios. Cuando le preguntaban cuánto cobraba, ella respondía con sencilla humildad: —¡Lo que sea no más! La gente a veces no tenía plata y entonces ella pedía algo para sus hijos: zapatos, pantalones, lo que fuera. Por trueque le daban ropas o alimentos. Finalmente pudo seguir la vida y sacar así a sus hijos adelante, se sentía realizada y libre a través de su oficio de cantora de su pueblo. Así pasaron los años, y ella se transformó en adulta mayor, convirtiéndose en la legendaria y querida: “Alma de la fiesta”. REGIÓN DEL BIOBÍO
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