ANTOLOGÍA 2024

::181:: HISTORIAS CAMPESINAS Alma de la fiesta Elizabeth Valenzuela Pulgar Segundo lugar regional Hualpén 52 años Alma vivía en el pueblo, su padre era un cantor popular que amenizaba las fiestas. Era buscado para casorios, bautizos, trillas y hasta velorios, especialmente de “angelitos”. Preparaba su guitarra en “finar por transporte” para tenerla lista con sus cuerdas y ajíes tradicionales. Ella disfrutaba cuando él ensayaba cantos y payas. A veces, involuntariamente, tañía en la mesa de la cocina los sonidos que ya se grababan en su cabecita y que quedarían para siempre en su memoria. Su padre aguachaba la guitarra como una de sus más valiosas posesiones. Estaba bautizada para evitar el mal de ojo, la colgaba sobre su catre y prohibía la tocaran. Alma sacaba clandestinamente la guitarra cuando su padre se iba a trabajar. La miraba, la acariciaba y lograba arrancarle acordes. El instrumento tenía un magnetismo especial para ella: iba uniendo las notas y se atrevía a tocar las canciones que, de tanto oírlas, ya se sabía. Cuando le pedía a su padre que le enseñara, él le decía que no, ya que a las cantoras no las llevaban a las fiestas, que eso era mal visto y él no quería ese ambiente para ella. Así aprendió sola, a escondidas. Siempre procuraba dejar la guitarra en su lugar, afinada como él la tenía. Un día, en una fiesta su padre se cansó de tocar y le dijo a ella, medio en serio, medio en broma: —¡Toca tú mejor! Ella se puso a tocar con entusiasmo y facilidad para el asombro de su padre y de todo el auditorio. Su padre le preguntó: —¿Quién te enseñó a tocar? Y ahí ella le confesó que le había sacado la guitarra a escondidas durante años, y que intentó e intentó hasta que aprendió a tocarla. El padre comprendió que su hija iba a continuar con la tradición. A los 15 años, Alma ya era una cantora solicitada, la invitaban a todas las fiestas y el padre la acompañaba y cobraba por sus servicios. A ella le gustaba ser parte de esos momentos de alegría compartida, de comunión, en los que se reunía la gente en torno a sabrosos condumios y compartían sus alegrías y penas al son de guitarras y vihuelas de sus cantores. Lo que más le impresionaba eran los velorios REGIÓN DEL BIOBÍO

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