::177:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ÑUBLE La manta campesina Gonzalo Jeldres Meza Segundo lugar regional El Carmen 45 años En la comuna de El Carmen, en la provincia de Ñuble, vivía un niño llamado Juan Manuel. Desde pequeño, Juanito aprendió a amar y respetar la tierra que lo rodeaba. Los inviernos en esa región eran largos y lluviosos, y las lluvias parecían no tener fin. Para protegerse de estas inclemencias del tiempo, Juanito tenía una manta que había heredado de su padre. Esta manta, de lana gruesa y colores cálidos, era su compañera inseparable. La manta no solo lo protegía de la lluvia, sino que también tenía otros usos. En una ocasión, mientras caminaba hacia la hermosa Escuela Virgen del Carmen F-408, Juanito encontró a las mellizas Ana y Clara, amigas suyas, empapadas por la lluvia sin tener cómo protegerse. Sin dudarlo, extendió su manta sobre ellas y juntos caminaron bajo su refugio hasta llegar a la escuela. Ese gesto solidario se volvió una rutina. Cada vez que llovía, las mellizas sabían que podrían contar con Juanito y su mágica manta. A medida que Juanito crecía, su apego a la manta se hacía más fuerte. Cuando llegó a la adolescencia, recibió otra manta como regalo de su madre. Esta nueva manta, aunque diferente, tenía el mismo espíritu de protección y calidez. La llevaba consigo a todas partes: a la universidad, a fiestas, incluso a discotecas. Aunque era extraño ver a alguien de su edad usando algo tan típico y a la vez tan anticuado, Juan nunca se avergonzó. Para él, la manta era un símbolo de su identidad, un lazo con su pasado y su herencia campesina. Una noche, mientras regresaba de una fiesta, comenzó a llover torrencialmente. Los amigos de Juan, sorprendidos por el cambio repentino del clima, buscaban desesperados dónde refugiarse. Juan, como siempre, tenía su manta. La desplegó y todos se acurrucaron debajo de ella, recordándole las muchas veces que había protegido a las mellizas en su niñez. En ese momento, se dio cuenta de lo importante que era esa manta en su vida y cómo había sido testigo de su crecimiento y aventuras. Los años pasaron y Juan se convirtió en un hombre. Conservaba ambas mantas como tesoros preciados, recuerdos de su infancia, adolescencia y juventud. Cada vez que las veía, podía sentir el calor del hogar, la risa de sus amigos y la fuerza de su identidad campesina. En El Carmen, Juan nunca dejó de ser el niño que caminaba bajo la lluvia con una manta en los hombros, protegiendo a quienes amaba. Y aunque el tiempo pasó, las mantas seguían siendo su símbolo de amor y protección, un legado que algún día él también pasaría a sus propios hijos, asegurándose de que nunca olvidaran sus raíces y la importancia de una simple manta en la vida de un campesino.
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