ANTOLOGÍA 2024

::176:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE ÑUBLE —No sé, yo no tengo nada. —Si yo gano tienes que acarrear todo ese montón de leña a la leñera. —¿Y si Pichín gana? —preguntó Tanchito. —Jajaja, no va a ganar. Si gana le digo a mi papá que te dé un bolsón para que lleves tus cuadernos a la escuela. ¿Vas a la escuela? —el niño asintió moviendo la cabeza con la vista fija en el suelo, acusando el golpe humillante de la pregunta—. —Si Pichín gana, entonces tú acarreas la leña. —Hecho —dijo el muchacho estrechando la mano de Tanchito. Momentos después llegaron los otros hijos del patrón para ver el espectáculo. Tanchito le pidió a uno del grupo de espectadores que hiciera de juez de llegada. Se dispusieron los perros en el punto de partida separados por el tablero. En ese momento Tanchito le puso el jinete de trapo a su perro, le indicó que se quedara y empezó a caminar hacia la meta. El muchacho quiso hacer lo mismo pero su perro lo seguía o quería pelear con otros perros. Un hermano del muchacho tuvo que sujetarlo, le quitó la cadena y lo retuvo del collar mientras el amo se alejaba. Los campesinos, entusiasmados, empezaron a cruzar apuestas: dos gallinas, un asado, una olla de humitas, tirarse con ropa al canal de regadío, una damajuana de pipeño. Por fin estaba todo más o menos dispuesto, el público expectante, Pichín sentado movía su cola con la vista fija en su amo, el perro grande estaba loco por morder a los perros o acabar con el contrincante. El juez levantó la mano, contó hasta tres y dio la señal de partida. En ese momento Tanchito golpeó sus manos, Pichín salió corriendo como condenado directo a la meta. El perro contrincante también corría para alcanzar a Pichín, que causaba el jolgorio del público con su jinete en el lomo que se movía gracioso. La gente reía, aplaudía, gritaba alentando a los corredores. El público gozaba con el espectáculo, pero el perro que seguía a Pichín, a toda velocidad, lo único que quería era morder al mono y despedazarlo. Pero ya era tarde. Cuando el perro estaba por alcanzarlo, Pichín estaba cruzando la meta. Al otro día, el soberbio muchacho, a todo sol, acarreaba la leña. No había pasado media hora y estaba sentado en una piedra agotado y sudando por el esfuerzo. Tanchito se acercó y le dijo, no acarrees más, yo sigo entrando la leña con mi padre. Solo te pido que seas más humilde, en la vida no todo se consigue con dinero. El muchacho avergonzado le tendió la mano y dijo gracias. A lo lejos se escuchaban las risotadas y el bullicio de los que pagaban las apuestas tirándose con ropa al canal de regadío.

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