::169:: HISTORIAS CAMPESINAS —Bernardo solo pido que cave un pozo para enjuagarme esta pobreza. Pero no busque en este corazón, como todo por aquí, se ha secao. Roberta esperó hasta el final, vigilando la faena y las miradas de Martín y Rosa. Al llegar a la casona Martín leyó la nota que su padre dejó sobre la mesa. “Me fui a la capital”. Tardó un mes y medio Bernardo en regresar después de sentir las quemaduras que le propinaron las verdades que bien graficó Roberta. Decidió vender la casa que tenía, pensando en usar ese dinero para ayudar a Rosa. Apenas se bajó del tren, se dirigió al caserío para ver las terminaciones del pozo, con la esperanza de componer las cosas con la mujer que a hurtadillas siempre amó. Constató por sí mismo, que brotaba agua a destajo. Rosa deambulaba cabizbaja regando las flores que no estaban permitidas. —Son un bello milagro, el agua es una bendición —comentó la muchacha al ver que don Bernardo rozaba su cabeza con las incipientes uvas del parrón. —Mira, chiquilla, yo ya estoy viejo y entiendo que tu familia y la mía han estado distantes por muchos años. Quiero arreglar esto, si tú y tu madre me lo permiten —don Bernardo sintió desolación en los ojos de Rosa. —Pase don Bernardo, con un tecito lo conversamos. Al servirle el té, don Bernardo reconoció aquel tazón roto que Rosa le acercaba. —¿Y tu madre? —preguntó. —¿Cómo? ¿No sabe don Bernardo? Mi mamita tenía una enfermedad antigua. Me lo contó el médico del pueblo. Murió la semana pasada. Bernardo clavó la mirada sobre el tazón y se perdió en el vapor del té. REGIÓN DEL MAULE
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