ANTOLOGÍA 2024

::168:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DEL MAULE —¿Qué ofrecimiento oiga? Ya me parecía raro, veía solo las puntadas, pero ahora veo el hilo. Algo se traían usté y el patrón que, curiosamente, se ha encargado de decirle a su hijo que mirarme a mí es mirar pal suelo, que tiene que fijarse en otra, que hay que mirar pa arriba. Al instante se entró Rosa y quedó pegada a la ventana para ver a su enamorado. —¡Buen día, doña Roberta! —saluda don Bernardo. —No tan buenas, don Bernardo. Supe porai que mirar a mi cabra es mirar pal suelo. No se olvide usté que también se revolcó en él, prometiendo toítas las estrellas. Nunca le pedí nada, ni fui con el cuento donde la finá de su mujer. Que me ayude con el pozo no es ná gratis: saque a su hijo de aquí o yo le diré a mi Rosa que es ella quien tiene que mirar pa arriba, porque los miserables de su familia, para mí, siempre estarán abajo. Tiene un día y media tarde para cavar el pozo o... mi tumba —susurró entre dientes. Bernardo, agitado de asombro, sospechó por un instante que podía ser el padre de Rosa. El silencio de Roberta fue la respuesta a una verdad que se tardó catorce años en descubrir. —¿Me quieres decir mujer, que has dejado que dos hermanos se enamoren encima de tus narices? —Deje a mi cabra juera de esto, Bernardo. Ella no tiene la culpa de llevar su sangre. El que no la lleva es su hijo. Bonita la hicieron sus padres, al ir por un crío al monasterio. Bien sabía todo el pueblo que la finá de su mujer, la más acomodá, la que vestía mejor y olía a perfume de ciudá, no podía tenerlos. Conseguir uno jue la solución pa’ sacarme del camino. Pasé nueve meses ocultando con vendas a mi Rosa, que latía castigada por la vergüenza que sintieron sus padres y otros empingorotaos de su familia. Mire, Bernardo, en mi vientre creció su hija, asfixiada casi. Pero se acabaron las vendas, sobre todo las de los ojos, esas que se aflojan solas como la fruta que cae por tan madura. Martín no lleva su sangre, pero es bueno como mi Rosa. Lo sé bien porque lo amamanté hasta que cumplió un año. Vino una mañana su padre, con el rebenque en la mano, a exigir que repita mi apellido en Rosa, porque el suyo no lo llevaría jamás. Y que venga rapidito a amamantar al crío de la casona, me ordenó. Fui allí todos los días, hasta una semana antes de su regreso. Lo vi llegar más flaco y el ceño fruncido. Me apartaron del niño Martín. No se habló más de eso. Solo un quintal de harina a mi puerta llegaba todos los meses, excepto el día que usted volvió, venía acompañado de un presente. Era un tazón de porcelana, que dejé por ahí. —Roberta, yo me fui a la capital obligado por mis padres. Que había que saber de papeleos me dijeron, que había que ser letrao. Mi matrimonio estaba arreglao. En la escuela me endurecí, no por el rigor militar sino porque me apartaron de usted. Planearon mi destino y obedecí. Yo siempre te he querío Roberta. Ahora que sé tanta verdá junta dime ¿qué puedo hacer pa componerlo?

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