::162:: ANTOLOGÍA 2024 —¡No, Teresita! —dijo Humberto horrorizado— se lo juro por mi amita que está en cielo que es cierto. De pronto, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Eva, la hija mayor de Teresa y el finado Buenaventura Mancilla, apareció en el umbral de la puerta en llanto con su hijo de apenas cuatro años. Teresa, en un gesto salvaje y desesperado, tomó al niño entre sus brazos y con un certero movimiento de cabeza miró a su hija y dijo: —El niño tiene fiebre. La campana se sintió al amanecer, su sonido avanzaba por el camino de La Compañía en dirección al poniente. Eva lloraba de rodillas en un rincón del parrón. Teresa, con una actitud dura y las mandíbulas apretadas, sostenía el bulto de lo que fue su pequeño nieto envuelto en una sábana blanca bordada por sus propias manos. El día que vio llegar a su hija a la entrada del fundo, con todas sus pilchas y empapada como diuca luego de ser expulsada por la familia Correa, ese mismo día, Teresa quedó viuda. Recordaba los hermosos ojos azules heredados por ella a su amado nieto, los reconoció de inmediato cuando el pequeño, entre sonrisas y arrumacos, conoció a su abuela Teresa. A medida que el sonido de la carreta negra avanzaba, la mujer sostuvo el cuerpo del bebé con mayor firmeza. La angustia la invadió y decidió salir al encuentro. Quedó impactada por lo que vio. Estaba rodeado de cuerpos envueltos en paños de color claro a lo largo del camino, un escenario desolador y apocalíptico que la hizo sudar frío. Cada casa tenía cadáveres frente a sus puertas como bultos ordinarios. Mujeres, ancianos, niños, bebés, la sombra de la muerte no perdonó ni hizo diferencias. De pronto, el sonido de la campana volvió, pero de manera más cercana. Teresa con su nieto en brazos no entendía qué pasaba. Quienes acompañaban a sus muertos comenzaron a aglomerarse a las orillas del sendero, mientras el sonido de la campana aumentaba. De pronto, vio aparecer una enorme carreta negra tirada por dos bueyes, repleta de cadáveres. Quienes la conducían cubrían sus rostros con una especie de pañoleta. —Deben alejarse de la carreta —gritó un hombre joven que descendió de ella—. Todos vuelvan a sus casas, aléjense de los cuerpos. ¡Esto es una peste!, deben volver a sus casas, no salir, dejen a sus muertos afuera y nosotros los recogeremos. Desde un rincón, Teresa veía cómo los restos mortales de los fallecidos eran apilados unos sobre otros. Sintió cómo sus piernas se doblaban, pero lentamente comenzó a retroceder. Esto no está bien –pensó Teresa- yo le daré una cristiana sepultura a mi nieto. Pensaba en el pequeño cuerpo de su amado niño entre tanta muerte y descuido. Lloró, pero cuando tomó fuerzas para su designio, una mano la tomó del hombro y la detuvo. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS
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