ANTOLOGÍA 2024

::161:: HISTORIAS CAMPESINAS La carreta negra Héctor Peña Cubillos Segundo lugar regional Graneros 67 años Las primeras lluvias del otoño de 1918 regaron los valles centrales de la región de Cachapoal. Cada espacio se encontraba bajo una humedad profunda, creadora de barro, hambre y frío. Las mañanas se mantuvieron escarchadas, mientras la muerte, de la mano con la noche, sigilosa como un güiña desde lo alto de los Andes se dejó caer sin previo aviso sobre el valle inocente. Entre fundos y quebradas, la fiebre abrazó a todos quienes salieron a su recibimiento, sembrando la angustia y la desesperanza. El frío le ofreció un hogar y el hambre un edén, mientras el barro, compañero elemental sumido en el origen, era testigo de cómo los cuerpos poco a poco iban volviendo a la tierra. Temprano en la mañana, Camilo Tamayo, capataz lame botas por herencia en las tierras de la familia Errazuriz Irarrázaval, informaba de la muerte de 20 trabajadores del fundo. —¡Les dio calol al celeubro! —gritó a los cuatro vientos el hombre, orgulloso de ser él quien entregaba la noticia. Los inquilinos, nerviosos, aglomerados cerca del único pilón, se miraban con desconfianza y miedo. Cuando la noche llegó, la fiebre como una sombra visitó los adobes humedecidos de los ranchos de los trabajadores y en cada lecho habitado dejó su estela de fallecimientos. Los niños descalzos comenzaron a enfermar y las jóvenes madres, como aves enfermas cayeron muertas sobre sus hijos. Todos los fundos reportaron decesos masivos. La fiebre no daba tregua. Humberto Sánchez, casero local, se manejaba en todas las casas patronales y villorrios cercanos al fundo El Carmen, intercambiando productos de vajilla, carnes secas, vinos y telas. Asustado, se bebía una taza de té servida por Teresita en la cocina de la casa patronal. El hombre, temblando como un perro mojado, contaba cómo los muertos aparecían por montones. —Yo nunca había visto una cuestión así, oiga —expresaba el hombre entre sorbetes y temblores—. Solo mi taita me hablaba con amargura sobre sus recuerdos en las batallas del desierto, recuerdo yo, pero nunca pensé que iba a ver una cuestión así —agregó el asustadizo comerciante. —¿No le estará poniendo mucho color usted, oiga? —preguntó Teresa desde el otro extremo de la cocina, con tono desconfiado y lagrimeando por el olor de una cebolla que trozó para una chilena que preparaba. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS

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