::159:: HISTORIAS CAMPESINAS Esta azarosa escena de la aparición se repitió al tercer día. Entonces Manuel decidió referir el misterioso hecho al administrador de la hacienda. —¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Pa’ mí que estai viendo visiones, hombre. Te estai poniendo viejo, parece. Mire que ¿animitas en el camino? ¡Qué tontera más grande! La vetusta Florencia, pronta a cumplir los cien espoleados años, vino en auxilio de las aprensiones de Manuel. —Lo que pasa On Mañungo es que antes de agrandar el camino, en ese bendito lugar había una casucha que los parientes de la finadita Micaela levantaron pa’ recordar a su niña muerta por un bandido que la pilló solitaria en la ruta. El hombre malvado la mató solo pa’ robarle unas monedas y una canastita con pan amasado. La grutita estaba rebién ahí, pero esa empresa que ensanchó la vía pasó por encima de ella con una máquina pesada y nadie se dignó de instalarla más adentro. Es seguro que la animita reclama su lugar de descanso y por eso se le aparece todos los días. On Manuel, la animita lo escogió a usted pa´ esa faena. El ajado campesino nada le contó a su compañera de vida. A lo mejor los dichos de la misiá Florencia eran puras leseras. Entonces decidió olvidarse del tema. Durante una semana el mayordomo mayor destinó a Manuel al regadío de potreros con trébol. Había que apurar el crecimiento de las empastadas para efectuarle el segundo corte y enfardarlo. Este recurso se constituía en el forraje invernal de la masa ganadera. Siete días después, Manuel debió recorrer la senda polvorienta que amparaba la presencia de los tres boldos. Desplazándose en tranco pausado, el hombre trajo a su memoria las apariciones de la animita misteriosa. Y precisamente, justo al aproximarse a los árboles, la figura inestable de la pequeña inmolada se hizo presente bajo su grato amparo. Una manito blanca y transparente extendió su dedo índice para señalar el lugar vacío. Pero ahora, a diferencia de las veces anteriores, la figura fantasmal comenzó a levitar hacia el cuerpo sudado de Manuel. El hombre anciano huyó despavorido del lugar en busca del ansiado refugio hogareño. A su mujer le narró todo lo sucedido, desde el mismo instante de la primera aparición. Por primera vez en mucho tiempo la confidente esposa tuvo motivos de regaño para su hombre. —Pero Mañungo, ¿por qué no le habís hecho caso a la agüela Florencia? Ella sabe harto. Mañana mismo vai a levantar la grutita de la finá. Esas apariciones son un llamado de la niñita muerta. La tarde del día posterior sorprendió a un asustado Manuel con tablas, clavos y martillo. Dos horas aproximadas tardó en la faena de reconstrucción, ante la curiosa mirada de los transeúntes. La simple acción de deslizar una mano por el anchuroso espacio de la frente empapada llevó al improvisado carpintero a fijar su mirada en el tronco del boldo mayor. Justamente allí, al pie del árbol rugoso, la imagen de la finadita se manifestó en un generoso esplendor. Su semblante pulcro mostraba toda la felicidad de un alma plenamente satisfecha. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS
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