::158:: ANTOLOGÍA 2024 La animita de los boldos Luis Ibarra González Primer lugar regional San Fernando 75 años Sobre los verdes campos de la zona colchagüina descansan los restos de mi tata Gregorio, un hombre reposado y cariñoso con sus nietos. Él nos relató esta historia mientras daba vida a un caballito de madera desde una reseca ramilla de espino. Nos dijo: Un sol ardoroso pintaba reflejos sobre los campos espigados, provocando aguaceros de sudor en la frente del anciano Manuel. Esta parecía ser una jornada tranquila, interrumpida solo por el persistente cántico de los queltehues sobre la cresta de los maizales en robusta floración. El hombre detuvo su trajinar a la vera del camino ripiado, justo enfrente de los tres boldos añosos que empinaban su arrogancia en el flanco sur del potrero pintado de verde. Un pañuelo apercancado, que en tiempos pretéritos fue confeccionado sobre una tela blanca, enjugó el agua salada que porfiaba por resbalar desde la frente arrugada del inquilino. Afirmado en una pala punta de huevo, Manuel dejó abatir su cuerpo atormentado por el cansancio. El paño de saco harinero colgaba desde la cintura para detener su tosca extensión en esos pantalones de paño desgastado. Emitió un bufido de relajo y guardaba su sudadero en el bolsillo posterior, cuando la divisó. Posaba toda su irresoluta apostura sobre las hojas resecas del suelo, afincada en el tronco del boldo más grueso, una animita menuda, quizás excediendo levemente la estatura de un metro. La arropaba un vestido blanco resplandeciente y sus cabellos extensos parecían desprender halos de luz celeste bajo la fresca sombra arbórea. El semblante confuso de la animita proyectaba muecas de sufrimientos bárbaros. Manuel quiso huir del lugar, sin embargo, lo anclaron al suelo polvoriento repentinos e incontrolables accesos de pavor. De pronto, la animita despegó su transparente mano diestra para señalar hacia un sitio en especial, y luego se esfumó en el aire sin dejar ningún vestigio de su presencia. El miedo del hombre fue desalojando su cuerpo en la misma medida en que las piernas comenzaron a abandonar raudas el sendero ceniciento. Esa noche casi no pegó los ojos. Innumerables figuras fantasmales desfilaron en carrusel por su mente desvelada. Para arribar al ranchito después del trabajo debía transitar forzosamente por la misma ruta. La sorpresa lo pilló desprevenido en el atardecer del día siguiente. Precisamente en el mismo lugar, bajo la sombra de los tres boldos, la misma animita lo aguardaba. El dedo índice apuntado hacia el sitio que tanto interesaba a la misteriosa aparición lo volvió a inquietar. Durante la cena, colmada de pancutras y café de trigo tostado, su esposa Rosalía lo notó taciturno, pero nada dijo. Ella entendía y respetaba los recelos de su anciano compañero. En esas circunstancias era mejor callar. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS
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