ANTOLOGÍA 2024

::157:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN METROPOLITANA —Era un hombre de decisiones rápidas —me señaló a modo de conclusión el señor Carreño, mientras una punta de su bigote me apuntaba con fiereza y melancolía. Terminada su narración, guardamos un profundo silencio. Solo antes de despedirme y bajarme de su auto, le pregunté cómo sabía todo lo que me había señalado. Con un tono de pesar, me contestó que a él cuándo joven lo llamaban Colibrí, por lo flaco que era. Lo observé detenidamente mientras se alejaba en su viejo auto negro, sin saber si dar crédito o no a su relato. Compartí tal información con algún primo y algún tío. No obstante, no tengo confirmación si así sucedieron en realidad los hechos. La historia está llena de misterios. Hace unos quince años, vivía con una joven señorita, por quien había abandonado a mi mujer y a mi hija. Luego de tres años de relación, supongo que aburrida de la vida que le ofrecía, decidió poner fin al idilio. Tal decisión me generó una gran depresión que intenté calmar bebiendo vino y aguardiente. En una noche de invierno, le perdí el gusto a la vida y me nació un irrefrenable deseo de suicidarme. Con tales ideas en mi cabeza, sentí que alguien golpeaba con rudeza a mi puerta. Sorprendido, me dirigí con paso sigiloso hacia la puerta y la abrí de un fuerte tirón, pero no había nadie, solo la inmensa oscuridad. Con un fuerte grito pregunté: —¿Alguien anda por aquí? —ya que estaba convencido de haber escuchado tres golpes de llamada a mi puerta. Pero nadie respondió. Atemorizado, decidí entrar a mi casa, pero antes de hacerlo mi mirada se dirigió hacia el piso y pude observar una gruesa cuerda trenzada, estirada al máximo junto al farol de mi puerta. Yo no tenía caballos ni animal alguno, tampoco había comprado o tenido una cuerda de esas características. La miré y la recogí como si fuera el obsequio más preciado y con los ojos nublados observé hacia el cerro. Me dirigí, entonces, hasta un viejo nogal. Bebí de prisa un trago de aguardiente junto al añoso árbol. Pero al momento en que colgaba la misteriosa soga, recordé la narración del Colibrí. Algo en aquel relato no me calzaba. ¿Por qué mi abuelo no lo había matado de un certero escopetazo? Y allí, con los pies a punto de colgar del viejo nogal, comprendí por qué casi todos mis tíos, y hasta mi propio padre, son delgados y usan un bigotito a lo Pancho Villa. De esta forma, y con el mancillado recuerdo de mi abuelo apretándome las sienes, decidí descolgar mi cuello de la soga, y me puse a comer nueces verdes, lo que me generó una inmensa indigestión mezclada con un inesperado deseo de vivir. Pero como una nunca sabe, la misteriosa soga la conservo hasta el día de hoy.

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