::155:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN METROPOLITANA Después de realizadas nuestras tareas, improvisábamos con canciones o cuentos de Las Mil y Una Noches. Finalmente, todos alrededor de la mesa recibíamos una humeante sopa. Luego, mamá apagaba la vela, dándonos la bendición y las buenas noches. Esta hermosa rutina que mantenía la unión y acrecentaba el cariño, se quebró cuando papá nos abandonó algunos meses después. Una noche, como de costumbre, todos alrededor del brasero, escuchamos que tocaban a la puerta. Papá ya no era bienvenido a casa, así que corrimos a nuestras camitas. Mamá permaneció impávida en medio de la pieza, abrazada a su guitarra instintivamente. Tocó sus cuerdas, las hizo trinar cada vez con más fuerza mientras nosotros, por entre la ropa de cama, mirábamos asombrados. Nunca habíamos escuchado aquellos melodiosos acordes. Luego se dirigió a la puerta de calle, volvió a tomar la guitarra y se quedó parada en medio de la pieza. Papá entró dando grandes zancadas que retumbaron en la silente habitación. Yo lo observaba por entre mi ropa de cama, estaba estático, nunca supimos qué pasó por su cabeza. Sin mediar palabra, ni siquiera un saludo, tomó la guitarra golpeándola con todas sus fuerzas contra el suelo y la arrojó al brasero. La pieza se iluminó por varios minutos en los que vislumbré sombras fantasmagóricas. Nunca he vuelto a sentir ese miedo que me dejó petrificado. Ese mismo miedo se apoderó de todos. Parecía que la pieza se iba a envolver en grandes llamaradas. No supe si lloraba por ver a mi madre que observaba la escena paralizada por el dolor, o por escuchar el crujir de la guitarra que se retorcía mientras sus cuerdas se iban ennegreciendo, enrollándose lentamente entre las brasas. Papá dio media vuelta y salió de casa con la misma fuerza con que entró. Aquella fue la última vez que lo vimos mientras mamá se secaba sutilmente una lágrima. Desde mi cama observé tembloroso las llamaradas que se fueron disipando lentamente. En mis oídos quedaron grabados los últimos arpegios que, según yo, la guitarra dejó escapar agonizantes entre las lenguas de fuego.
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