::154:: ANTOLOGÍA 2024 Los últimos arpegios Rita de La Fuente Faúndez Segundo lugar regional Lampa 72 años Era un viejo caserón de adobe, tejas coloniales y amplios ventanales con gruesos barrotes de fierro, enclavado en una pequeña loma de un pueblo rural. Sus polvorientas calles descansaban a la sombra de añosos aromos, álamos y eucaliptos que, con la llegada del otoño, se alfombraban de hojas doradas. Correr por esas alfombras crujientes era la entretención de los pocos chiquillos del lugar. No había tendido eléctrico, por lo que nuestros padres se las ingeniaban para recrearnos en verano y en invierno. La falta de electricidad no era impedimento para salir a jugar al anochecer. A veces poníamos la lámpara a carburo y no faltaba quien contara un cuento de terror que, aunque provocaba miedo en los más chicos del grupo, no lograba que ninguno se acobardara. El caserón parecía un gigante en el tiempo custodiado por dos grandes acacias. Junto a una de ellas había una gran piedra cuya forma moldeada por la lluvia y el paso de los años, servía de asiento a quienes pasaban por el lugar y a nosotros, la chiquillada, que nos subamos a recitar o cantar. Mamá se sentaba allí a descansar de la jornada diaria, disfrutábamos de las cálidas tardes de verano junto a los otros amigos del barrio. Nos reuníamos grandes y chicos, primero para jugar a las escondidas o a pillarse, luego para terminar en improvisadas veladas cantando o recitando sobre la gran piedra que nos servía de proscenio. Mamá nos acompañaba con la guitarra, deleitándonos a todos con sus canciones y su hermosa voz. Mamá fue el pilar de la familia. Papá se fue ausentando lentamente, aparecía cada tres o cinco días por casa, pero ella supo esconder su tristeza y soledad. Nunca escuchamos una queja de sus labios, siempre infatigable en su afán, se daba tiempo para todo y para todos. En verano nos acompañaba en la vereda de la calle. En invierno, una vez que finalizábamos las tareas de la escuela, y dejábamos todo listo para el otro día, nos instalábamos a la orilla del brasero para escuchar sus canciones o empezar el espectáculo. Cantar o recitar, acompañados por nuestra madre, su guitarra y el incesante chisporrotear del brasero que estaba en el centro de la pieza hacía más cálidas las noches invernales. Era ésta la pieza dormitorio, era enorme y sus muebles antiquísimos, reliquias de la familia que fuimos heredando de las tías maternas. Al centro, una pequeña mesa comedor, cuatro camas, un ropero tallado y un gran tocador, antiguo mueble con espejo, cuatro cajoneras y cubierta de mármol. Cuando pequeña, me imaginaba que vivía en un castillo. REGIÓN METROPOLITANA
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