ANTOLOGÍA 2024

::151:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN METROPOLITANA Tras la huella de la santiguadora de San Pedro de Melipilla Estefanía Toro Rosález Primer lugar regional Cerro Navia 39 años Recuerdo perfecto el día que viajamos a San Pedro de Melipilla. Fue un sábado por la mañana del mes de enero, por ese entonces yo tenía 15 años. Previo al viaje, mi papá hizo las averiguaciones para saber qué ruta tenía que tomar y llegar sin novedad. Mi mamá, se preocupó de preparar el cocaví para el camino, tomó un bolso grande y guardó unos sándwiches de jamón y queso, botellas de jugo, un bidón de agua mineral, galletas y unas manzanas. El ambiente era tenso, a diferencia de los viajes que hacíamos para las vacaciones, definitivamente este viaje no era por placer. Éramos cuatro en el auto, mi papá iba conduciendo sin copiloto, mientras que mi mamá, mi hermanita Matilde y yo íbamos sentadas atrás. El camino de Santiago a San Pedro era largo, el paisaje seco y con muy pocas casas. A lo lejos se veían unas plantaciones, pero desde el auto no lograba distinguir de qué eran. Creo que viajamos alrededor de una hora y media así que, como era de esperar para una niña de mi edad, estaba aburrida y aturdida por el calor. Los 34° C eran asfixiantes, tanto que la ropa se me pegaba al cuerpo por el sudor. Este incómodo viaje se debía a que mi hermanita de 8 meses estaba enferma, llevaba así varios días y los médicos de la capital no lograban identificar las causas de la enfermedad. Cuando pregunté por enésima vez a mi mamá por qué íbamos a ese lugar tan lejano, me dijo que era para visitar a una santiguadora muy viejita que vivía ahí. El nombre en sí ya era complicado, me preguntaba qué era o qué hacía una santiguadora, pero al notar la preocupación en la cara de mi madre y recordar su llanto de la noche anterior preferí no seguir preguntando. Así que volví a mirar por la ventana para distraerme, esperando que el viento que golpeaba mi cara y pelo me refrescara un poco mientras la camioneta seguía su camino. Cuando llegamos al lugar, salió a recibirnos una señora mayor, tenía cerca de 80 años, era robusta y de baja estatura, usaba el pelo corto y canoso, llevaba unos lentes grandes y un delantal verde. De inmediato nos invitó a pasar a su parcela, era un terreno grande que a mano derecha tenía una casa de madera y a mano izquierda tenía una plantación de frutillas. Mi primer impulso fue ir a mirar las frutillas un poco más de cerca, pero mi papá me paró en seco y dijo: —Eloísa, vinimos a otra cosa. Quédate a mi lado y no interrumpas a los mayores.

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