ANTOLOGÍA 2024

::149:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE VALPARAÍSO El desconocido Abel Moyano Olivares Tercer lugar regional La Calera 54 años El canto de los gallos se hacía sentir. Había que levantarse para partir al alto, aún era de noche y la luna llena estaba en su máximo esplendor. Tenía que ir a ver unos animales a las vegas del valle de Camisa en la Cordillera. Esta vez iba solo. Mis compañeros partieron un día antes porque yo tenía que cosechar unas hileras de porotos. Comencé a ensillar mi caballo, un alazán de unos 6 años, mi fiel compañero y el mejor para la dupla del lazo. Acomodé las alforjas con raciones de comida como para tres o cuatro días y unas frazadas para capear el frío de las noches cordilleranas. Partimos los tres. El Rucio, como cariñosamente llamaba a mi caballo, y un quiltro de mediana estatura de color blanco con algunas manchas negras, una de estas le cubría los ojos, por lo que se ganó el nombre de Bandido. Salimos a la calle y emprendimos el viaje hacia arriba, de vez en cuando nos cruzábamos con algunos huasos del lugar, o algún rebaño de cabras que iban a pastear a los cerros. Atrás iba quedando el ladrido de los perros cuando pasábamos en frente de sus casas, atrás quedaban Los Peladeros y El Palquial. El camino se hizo estrecho y solitario. A un costado, corría el estero Camisas y los cerros se iban encajonando. Al paso que iba, debería llegar a las vegas de Camisa a la mañana siguiente, por lo que pasaría la noche en el agua del Quillay, una especie de refugio donde hay una vertiente y unos grandes quillayes que protegen del frío y del viento. Para quedarse en dicho lugar, había que salirse del camino, cruzar el estero por unas grandes piedras blancas que algunos le llamaban las Bardas Blancas, y subir hacia el cerro unos 300 metros. Ya había caído la noche cuando llegué al agua del Quillay, estaba oscuro, la luna todavía no salía por detrás de los cerros. Comencé a preparar mi pequeño campamento, dejé pastando al Rucio, el Bandido comería conmigo, encendí una fogata para poner el choquero13 y prepararme un cocho o ulpo aliñado, tenía tortilla de rescoldo y queso de cabra. Ya sentado sobre una piedra y cuchareando de la misma sartén mi cocho aliñado, levanté la cabeza y quedé paralizado, helado, no tenía ningún tipo de reacción al ver a un hombre parado frente a mí. Vestía pantalón y vestón negro, camisa blanca. Era alto y con el reflejo del fuego se veía su rostro con sombras, tenía barba y su piel se notaba resquebrajada, quizás por el sol y el viento, también tenía un sombrero negro. Yo, sin poder salir de mi estado, más aún al ver al Bandido que estaba en la misma condición que estaba yo, a pesar de que lo consideraba que era un perro bravo. Comencé a tener algunas reacciones, busqué mi cuchillo tipo cortapluma que siempre manejo en mi cinturón, cuando el hombre me dice: 13 Choquero: jarro de aluminio (nota de la edición).

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