::146:: ANTOLOGÍA 2024 que eran gran cantidad de lápices, tres sacapuntas y el periódico del día anterior que había olvidado en su escritorio; además, cargaron el cajón dos hermanos y, al final, un hombre que nadie había visto nunca, harapiento y para colmo, borracho. El cajón fue depositado, transitoriamente, a los pies del nicho correspondiente y la viuda, en un acto algo impulsivo, abrió la tapa. Allí estaba el fallecido, blanco como papel, con una expresión muy seria en el rostro, con su traje algo gastado y, para orgullo de Luisa Campos, sus flamantes zapatos negros, que, de tan nuevos, llegaban hasta brillar con el sol. Al descubrir al occiso, muchos de los presentes sollozaron moderadamente, pero el hombre desconocido, lloró más fuerte y se persignó; así, con sus harapos, se acercó a la triste viuda y se arrodilló frente a ella. Le besó muchas veces la manó mientras le decía: “¿Por qué se tuvo que ir? ¿por qué nos abandona a nosotros que tanto lo amamos? Créame que yo lo siento igual que usted, señora. No puede ser, que Dios lo tenga en su santa gloria”. Tras las palabras del harapiento borracho, el cura, vestido y preparado para las últimas palabras, roció al muerto con agua bendita y pronunció un corto sermón. Tras esto, pronunció un rezo, razón por la cual, los presentes cerraron los ojos. La viuda lloraba con más angustia siendo asistida por dos mujeres vecinas del Centro de Madres. El borracho, en un ataque de histrionismo, cayó al suelo de rodillas otra vez. Al empezar a rezar el cura, todo el mundo cerró los ojos, todo era paz y resignación, pero, al terminar la oración, algo había cambiado en el fallecido. Su viuda gritó mientras se llevaba las manos a la cabeza. El cadáver ya no tenía los zapatos. Tampoco estaba el borracho. —¿Será posible? ¿Será posible? —gritaron los funcionarios públicos. —¿En dónde se escondió este rufián? ¡Por favor, por favor! —dijo Luisa Campos con voz afectadísima— ¡encuéntrenlo! ¡Que me los devuelva! Los hombres presentes salieron furibundos detrás del ladrón profiriendo amenazas de muerte. Incluso el cura corría gritando: “¡Hijo del infierno!”. Nunca más se supo de ese hombre desconocido, aunque circulaban muchos rumores, como que lo habían visto en Antofagasta, o en Arica, que se encontraba preso en Iquique por haber robado una rueda a un auto o que se había muerto y lo habían arrojado a la fosa común por ser NN. Aunque lacónica y adolescente en muchos detalles, esta historia ocurrió y el borracho se hizo famoso en muchos lugares y la historia de lo sucedido se tergiversaba con el tiempo. Se llegó a decir de este hombre que en realidad era el dueño de la tienda de zapatos y que, al no recibir el pago de su compradora, se disfrazó de vagabundo para no ser reconocido y recuperar los zapatos, quitándoselos al muerto. Otra versión más increíble dice que el borracho era un fantasma que le robaba los zapatos a los muertos como castigo por haber sido infieles a sus esposas. Este relato era del gusto de la mayoría. Incluso un día cualquiera, pasó Luisa Campos viuda de Pérez y alguien, desde una ventana le gritó: ¡cornuda! Tras el grito se escuchó un chorro de risillas. Después de este aciago suceso, Luisa vivió de la pensión post mortem y falleció a los 69 años en la misma cama en que murió su amado. REGIÓN DE COQUIMBO
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