::145:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE COQUIMBO Un suceso memorable Rodrigo Pizarro Cortés Tercer lugar regional Coquimbo 48 años Había querido omitir los detalles de un acontecimiento crucial en la vida de mi abuelo. En su tierna juventud, su serio padre se trasladó a la Oficina Salitrera Victoria que, como es sabido entre nosotros los chilenos, consistía en un campamento para mineros. En la Oficina se explotaba la tierra para extraer el preciado oro blanco y, al cundir el negocio, los dueños fueron ampliando el campamento hasta que tomó el aspecto de un pueblo. Tenía canchas de tenis, básquetbol, pulpería moderna, plaza, mejores casas, de modo que la vida en la Oficina se volvía cada vez más alegre. Fue en este período en el que el padre de mi abuelo arribó con toda su familia. Su mudanza desde Iquique hacia la Pampa Salitrera coincidió con un suceso memorable. Luisa Campos de Pérez perdió a su marido, Juan Pérez, de una manera que quedó ignorada. Luisa Campos, contenta y alegre porque su marido estaba cumpliendo 62 años, dejó acostado al susodicho, quien le preguntó hacia dónde se dirigía, a lo que ella, fingiendo estar distraída, respondió que iría a comprar el pan para el desayuno. Luisa Campos de Pérez cogió el dinero que había ahorrado por un largo tiempo y partió a las tiendas comerciales para comprarle a su esposo un regalo muy especial. Por cierto, ella ya había seleccionado el regalo para su esposo con antelación. Llegó a la zapatería y compró unos lustrosos zapatos negros a la moda, de cuero y largos cordones. Toda la obra era exquisita, de cuero genuino. Luisa Campos los pagó y salió volando hacia la casa de un pariente donde había dejado el papel de regalo. Envuelto y listo, partió a su casa radiante de orgullo por tan precioso obsequio para su amado Juan Pérez. El asunto fue que, al llegar y entrar a la alcoba, la mujer encontró a su esposo muerto. Sin dinero en su haber, la pobre viuda logró, después de hacer una colecta en el barrio, comprar un siniestro ataúd hecho con tablas que dejaban ver a través de sus uniones al tieso ocupante. “Para que esté fresquito el difunto, con estos calores…” le dijo el vendedor. Luisa Campos vistió al difunto con el único traje que poseía y, a modo de reconocimiento de su amor por él, le puso los zapatos nuevos que, hasta hace poco, habían estado en la caja envueltos como regalo. Se necesitaron tres hombres para acostar el cuerpo en aquel indigno sarcófago que mostraba su contenido. Una vez llevado el cajón al cementerio a través de un improvisado carro mortuorio que no fue otra cosa más que una vieja camioneta, el pesado cargamento fue trasladado por seis hombres, a saber: uno de sus hijos, dos funcionarios públicos que eran colegas del malogrado, quienes trajeron las condolencias del jefe de Juan Pérez junto con una bolsa con sus posesiones,
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