ANTOLOGÍA 2024

::138:: ANTOLOGÍA 2024 ¿Mi amigo es un asesino? Carmen Castells Segundo lugar regional Diego de Almagro 55 años Siempre recorro toda la comuna de Diego de Almagro arriba de una camioneta. Entro en cada quebrada, pampa, llano y aguada que encuentro. Los mapas, el GPS y mi cámara de fotos me acompañan y me ayudan a moverme por esta tierra que yo llamo Atacama la bella. Mi trabajo me lleva por esos lugares y me considero realmente afortunada. Me siento en mi casa, en mi hogar, en el lugar del mundo donde soy realmente feliz. El desierto intermedio y la puna atacameña son los lugares que visito, que registro y que amo. Me encanta sentir solo el ruido del viento en mis orejas cuando camino sola por los llanos. No necesito nada más. Y eso quizás me hacer ser medio rara. ¿Realmente es así? Esta historia es la pura y santa verdad. Es un poco rara quizás. Creo que estoy tan acostumbrada que ya no la encuentro extraña. Yo quería llegar a un sector donde había una aguada nueva para mí, aunque ya la tenía ubicada en los mapas. Sin embargo, el camino de acceso no era de mi conocimiento y un día partí con un colega a la Finca de Chañaral, cerca de Inca de Oro, a ver si desde ahí podía entender los accesos a esa área. Para poder almorzar, nos bajamos cerca de un alero pequeño que está lleno de pinturas rupestres en pigmento rojo hechas por poblaciones prehispánicas sobre las rocas. De pronto, un enorme piño de cabras se acercó a los chañares que existen en ese oasis y con ellas un señor con un sombrero enterrado hasta las orejas. Nos saludó amablemente y le ofrecimos de nuestro almuerzo. Sentados a la sombra de las rocas, conversamos mientras comíamos queso. A él le sorprendía que yo estuviera feliz en el desierto, especialmente porque para él, antiguo y viejo minero, de unos 70 y más años, los roles de acuerdo con el género eran diferentes y yo me salía de su esquema. Pero a pesar de eso, conversamos varias horas y quedamos de pasar otro día. Le habíamos contado lo que queríamos hacer y, una de las veces que regresamos, se ofreció a ayudarnos a llegar a la aguada. Y partimos. Todos juntos, muy temprano, con un frío espectacular que refrescaba los pulmones y hacía doler la cara. Manejé durante varias horas rumbo sur este, hasta que ya no se pudo seguir en vehículo y tuvimos que caminar justo a mediodía, el frío se había ido y se sentía el calor. Ingresamos a la quebrada y el poco viento del llano anterior desapareció y el calor se hizo aún más intenso. Nuestro amigo caminaba con gran energía pese a su avanzada edad mientras yo resoplaba detrás, indignamente. Finalmente llegamos a nuestro destino y, sentados a la sombra del único espino de ese sector, descansamos y tomamos agua. Una que otra vinchuca juvenil se acercó y nos miró con cara de hambre. Estos insectos detonaron un relato bastante terrible en la memoria de mi acompañante. REGIÓN DE ATACAMA

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy