::137:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ATACAMA En la entrada del pequeño negocio y rodeadas de flores fuimos alcanzadas demasiado de prisa por la verdad, un hombre mayor, de robusta figura, manos gastadas y cuya piel demostraba haber coleccionado todos los atardeceres del mundo, nos disparó a boca de jarro con la mirada más triste, que su Tenchita había caí’o enferma y que no hubo remedio que pudiera con su mal. Con muchas preguntas y pocas respuestas sabía nuestros nombres y confiaba en que un día íbamos a llegar, porque eso le había dicho su Tenchita, que sus hermanas regalonas iban a querer saber de ella y que cruzarían con escándalo la puerta y que lo ayudarían a que la niña Rosita, para quién eligió el mismo nombre de su madre y que apareció en ese momento frente a ellas, aprendiera a ser siempre una niña buena y soñadora, que tuviera una linda familia y que pudiera elegir por su cuenta si deseaba ser libre en el campo o en la ciudad. Fue así como mi madre logró irse de este mundo algo más tranquila, cuando a punto de perder sus últimos pétalos postrada en la cama nos escuchó llegar en un corso campestre. Aunque ya no podía hablar, su mirada dijo tantas cosas y la tibia mano de su nieta se enredó en la suya y de alguna manera fertilizó algo, cortó la maleza o limpió las raíces, porque lo último que floreció en esa apacible primavera, fue la sonrisa con la que se durmió mamá.
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