::136:: ANTOLOGÍA 2024 Esa misma tarde nos arrancamos pal´ Ribereño a celebrarlo, a momentos bajaba la pena y se quedaba un buen rato entre nosotros a acompañarnos, nos poníamos todos tristes porque como la Tencha era la mayor no nos calzaba mucho que nunca hubiera hecho na’ para venir a visitarnos. Pero la Flora nos decía que, como ahora nuestra hermana era una empresaria, el costo de toda pega10 siempre termina siendo la familia y que, de seguro, ya estaba organizándose pa’ venir. Pero la Tencha nunca llegó, pasó el tren de los años y en sus vagones vimos partir nuestras jugarretas y nuestros acaramelados sueños infantiles, la ilusión y el olvido se instalaron en el ferrocarril sin mirarse y avanzaron cada vez más rápido y firme por los caminos de la adultez, colmando las ventanillas de agridulces paisajes. Supimos que lo de mamá era grave cuando nos llamó a todos y nos habló de la Tencha, como flores en la más apacible de las primaveras rodeamos su cama y la vimos lentamente deshojarse entre pesados lagrimones. Su voz accidentada por los años transmitía la pena de una fiera herida que sufría profundamente por su tristeza mientras intentaba mantenerse firme, a pesar de encontrarse apresada en las oscuras espinas de la noche. No sé por qué no me decidí antes, pero agarré a la Flora, dejamos a los cabros chicos equipa’os y en menos de media hora í’amos mare’á en el único viaje de una micro rural a seguirle la pista a la Tencha. Cada treinta minutos, y en cada bendito lugar, preguntábamos por ella y la describíamos sin darnos cuenta de que la Hortensia debía estar muy cambiá’; ya eran más de veintidós años sin verla y no teníamos idea de si tenía la misma cara o si los años habían hecho lo suyo también con ella. Hasta el micrero sintió piedad de nuestros carachos arruga’os bajo el sol, y como pudo nos dejó un poco más allá de la última parada hasta donde podían entrar sin peligro las toscas ruedas de su metálica amiga. Con una mirada incrédula nos deseó buena suerte y con su sonido cacharriento desapareció entre los cerros. Desde ese peladero único caminamos dos horas y media buscando algo que existía solo en el recuerdo borroso de algo que supuso haber escucha’o hace años la Flora. La altura, el calor, la pesada y lenta monotonía arremetían contra la cada vez más agonizante esperanza de encontrar algo. ¿Y si nos desconoce, Flora? ¿Y si no quiere vernos? ¿Y si en realidad nunca nos quiso? ¿Y si no está aquí? La incertidumbre y la desesperación eran más altas y enredosas que la cordillera. Un cartelito negro con tiza: “Hay churrascas”, junto a otro más grande: “Bazar Las Breas”, nos dejaron el corazón hecho brasas. Tuvimos de nuevo 12 años, corrimos gritando como gallinas de cumpleaños, nos miramos, lloramos y saltamos, sintiendo con cada fibra de nuestro ser que cada rezo había sido necesario. Habíamos imaginado y esperado ese momento incontables veces. REGIÓN DE ATACAMA 10 Pega: término coloquial para referirse a trabajar (nota de la edición).
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