ANTOLOGÍA 2024

::135:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ATACAMA Mi hermana Tencha Juan Poblete Ramírez Primer lugar regional Vallenar 32 años A mi hermana Hortensia poco le costó arrancar sus raíces de la ciudad y ponerlas en remojo en el campo. Con 16 años y enamorada, era toda una “adulta” capaz de hacer y deshacer con su vida, incluso allá en la punta del cerro donde el diablo llevaba perdidos como siete ponchos. O al menos de eso intentaba convencerse mi abuela cuando, a regañadientes, la dejó salir de su ala emplumada donde nos picoteábamos todos los que aún no teníamos idea del mundo. En ese refugio de calor y presión, la Tencha fue la primera de las frutas en caer lejos del árbol, dejándonos a las demás, observando boquiabiertas, cómo en el rastro de su despedida aparecía una suerte de arcoiris con aroma a libertad. El día que la Tencha se fue, miramos por el único ventanal de la casa cómo la camioneta blanca y vieja se hizo chiquita en el camino de tierra. No podíamos ni respirar porque era coscacho seguro pal´ que estuviera contento por ella, porque era porfiá, una rebelde sin causa, la oveja negra de la familia y muchos otros sobrenombres que le fueron concedidos por nuestra santa madre. Mi madre nos decía que a la Tencha se la había tragado la boca seca del cerro y que nos fuéramos olvidando no más de ella, porque no nos había escogío, porque estaba muerta para ella y era la peor de los cuervos. Apenas desapareció el rastro de mi hermana, mi madre cerró la cortina del ventanal, nos mandó a acostar sulfúrica y hasta el gato se fue de reto. Recuerdo que ese día me desperté con dolor de guata en la madrugada y me la encontré tras el mismo cristal rezando, como esperando a la Tencha, con sus ojitos aguados. Con mis hermanas nos encantaba jugar a hablar de la Tencha, la imaginábamos libre sobre un caballo, más enamorá que nunca, con un jarro calentito de navega’o pa’ capear el frío cordillerano, al lado de una parrilla con leña donde siempre había churrascas con la mantequilla hirviendo. El juego terminaba cuando aparecía nuestra santa madre. Ahí apagábamos de un golpe la parrilla y tirábamos a la Tencha con caballo, churrascas, mantequilla y navega’o cordillera abajo. Pasaron varios años hasta que la Flora escuchó un día cerca del recién inaugura’o terminal rural, que alguien había nombra’o a la Tencha. La Flora paró la oreja como pudo y llegó contando que esta otra había empeza’o un negocio y que estaba por Las Breas, un poco más arriba de Piedra Junta, abajito del Corral, en la nariz misma de la cordillera.

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