::131:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ANTOFAGASTA Llegó el bus y nuevamente su corazón se desbordó de emoción esperando a su compañera e hijas. Ahí estaban como un milagro, aún había un tenue sol otoñal. Partió a buscar su carrito con todos los implementos rutinarios de cada viaje, además de dos cajas de víveres que había que cargar y transportar junto a la exclusividad de la carga, las niñitas. Y al llegar al montículo encontró la carretilla muy enferma: la rueda no tenía aire, se había deteriorado la válvula. Sintió una terrible frustración y amargura, había que llegar a casa a como diera lugar, entonces cargó a sus niñas y tuvo otro problemilla más. El zorro se había llevado sus chalas, se vio obligado a caminar con sus zapatos de charol los seis kilómetros. Caminó cien o ciento cincuenta metros. Bajó a sus hijas que se quedaban con su mamá y se devolvió a cargar las dos cajas de víveres sobre los mangos para no deteriorar la rueda. Con los brazos cansados descargó las cajas cada cien o ciento cincuenta metros y así… hasta llegar a su hogar. Historias cómo esta, con algunos matices excepcionales, por cierto, las vivió este profesor rural. Él nunca tuvo un vehículo motorizado para trasladarse, solo tenía como motor su corazón, su mente, la motivación que le daban sus alumnos y la fuerza y el amor que le daban su compañera e hijas, el transporte y traslado que le ofrecía su carretilla.
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