ANTOLOGÍA 2024

::130:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE ANTOFAGASTA La carretilla Luis Aciares González Primer lugar regional Antofagasta 73 años El hombre caminaba por el sendero polvoriento, tarareando una canción romántica, recorriendo los seis kilómetros, desde su hogar rural hasta la carretera, maniobrando su vehículo, una carretilla. Su corazón y mente vibraban con bonitas emociones, iba a esperar a sus amadas hijas y esposa que venían de la posta rural en un bus del recorrido entre Copiapó y Caldera. Siempre llegaba una hora antes y, bajo un enmarañado espino, esperaba a su familia. A cada instante oteaba el horizonte y miraba a lontananza. El solo hecho de ver acercarse el bus hasta aquel cruce, detenerse y luego ver a sus tres estrellas, lo estremecían de alegría y felicidad indescriptible, siempre daba gracias a Dios por volver a ver a su amada gente. Preparar afanosamente la frazada, la almohada, y muchos otros detalles sobre la carretilla para que las niñitas tuvieran un plácido y cómodo viaje de retorno. Así comienza esta breve descripción de uno de los tantísimos viajes de ida y regreso, en ocasiones muy lindos y, en otras muy feos, tortuosos, de muchas vicisitudes. Era un día esplendoroso, lleno de sol y alegría por doquier, un día otoñal de fin de mes, día de pago de remuneraciones. Como siempre, los preparativos previos del viaje: ropa presentable, botellitas con agua, útiles de aseo, toallas, frazadas, almohadas y caramelos. Las princesas prestas, entusiastas y acomodadas en la carretilla, bien abrigadas y lo más contentas. Ellas confiaban en los brazos fuertes y poderosos de papá para conducir la carretilla que las trasladaría hasta la carretera a seis kilómetros de casa. Por fin llegaron a la carretera, mamá se cambió las chalas por zapatos callejeros, dio un retoque a la cara de las niñitas y se dispuso a esperar el bus para hacer dedo e ir a visitar a sus abuelitos. Ellas soportan estoicamente el fuerte viento, el frío y la impaciencia, con la esperanza que algún auto, camión o carreta se apiadara, les parara y se ofreciera a llevarlas. Siempre ha sido así esta odisea, una o dos veces cada mes los doce meses del año. Mientras tanto, el padre caminó hasta un montículo y dejó allí el carrito para resguardarlo. —No te vayas a enfermar y me falles —le dice a su maquinista de una rueda. Volvió a la carretera bajo la sombra de un poste, se aseó con agua de botella, se cambió de ropa y zapatos, revisó sus documentos y se dispuso a esperar el bus o hacer dedo. Realizó los trámites en la ciudad puerto y volvió al cruce donde se juntaría con su reina y sus dos princesas para llegar a su hogar rural.

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